VALKIRIAS

 

 

 

I. BIGGI

 

Diseño de la sobrecubierta: Estudio Calderón

Primera edición: abril de 2018

Primera edición en e-book: diciembre de 2018

© del mapa: Manolo Casado, 2018

© I. Biggi, 2018

© de la presente edición: Edhasa, 2018

Diputación, 262, 2º 1ª

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ISBN: 978-84-350-6325-8

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Agradecimientos

Dicen que los escritores no deben basar sus protagonistas en personas reales. Yo no lo sé hacer de otra manera. En esta novela, como en otras anteriores, me he servido de gente que he ido conociendo para prestar su personalidad a mis protagonistas.

En especial tres de estos protagonistas comparten, a mis ojos al menos, la personalidad de tres mujeres que en tiempos tormentosos de mi singladura me han guiado a buen puerto. Marta, la guía espiritual de la expedición vikinga; Rebeca, la esclava en tierras hispalenses que lo arriesga todo por amor, y Salbjörg, madre coraje que hace frente con valentía a cuantas vicisitudes se le presentan.

Las dos primeras comparten nombre con sus alter ego, no así la tercera, que es mi madre. A todas ellas, gracias por cuanto me han enseñado y por no dejarme perder en la niebla.

Quiero dar las gracias también a quienes de alguna forma han contribuido a que esta aventura haya llegado a buen fin. Son muchos, pero en especial mi hermano Pablo, Evaristo, el historiador Carlos Rilova y la doctora Rebeca Gómez.

Por su asesoría legal y su apoyo, mi agradecimiento a Marian De Celis, y por ser las primeras que creyeron en mí, a Montse Yáñez y Elena Ramírez.

Y por supuesto a mi editora, Penélope Acero, que ha conseguido levar las anclas de esta novela. Buen viento nos acompañe.

Para Rebeca y Luca (y Sombra)

«¡Cabalguemos a lo lejos, a los lomos desnudos de nuestras monturas, empuñando las espadas!».

Grito de guerra de las valkirias, en el poema escáldico Darradarlyód.

VALKIRIAS

Prólogo

Año sexto del reinado de Harald el de la Hermosa Cabellera,

primer rey de Noruega, año 878 desde el nacimiento del dios cristiano,

en la aldea de Svenn la Marmota, cercana a Sciringesheal.

Fuera la tormenta arrecia. Cada invitado que entra en la casa lo hace junto a la nieve que, en torbellinos, se cuela empujada por el furioso viento. Somos más de doscientos los que nos reunimos en mi hogar, y no solo gente del pueblo, pues la ocasión lo merece.

Mis hijas no dejan de servir grandes cuernos y copones repletos de cerveza e hidromiel. Normalmente sería un trabajo destinado a las esclavas, pero mi mujer nunca quiso que en nuestra casa hubiera sirvientes.

Estoy sentado en el escabel más alto, como corresponde al amo y señor. A mi lado el rey Ragnar el Oso, ya borracho, bebe largos tragos del cuerno que compartimos, entre risotadas. La bebida le cae por la barba y mancha su ropa. En otros tiempos hubiese cuidado más su comportamiento, pero no se lo tengo en cuenta. Yo no soy Marta Ojos de Fuego.

–Thorvald el del Corazón Blando –grita Ragnar, alzando el cuerno–. Brinda conmigo.

No me tomo a mal que me llame así. Antiguamente más de uno hubiese lamentado semejante insulto, pero ahora no me importa, soy un vikingo de honor. Los años atemperan el espíritu.

Tomo el cuerno que me ofrece el rey y bebo un trago. He de confesar que yo también tengo los sentidos algo embotados. Y no somos los únicos. Llevamos bebiendo todo el día y se acerca el crepúsculo. Hombres y mujeres notan los efectos de la bebida a pesar de su resistencia.

–Ölvir el Tuerto, quita tus manos de la muchacha si no quieres que te saque el ojo que te queda.

Ölvir, a pesar de estar ebrio, se da cuenta de que no es buena idea llevarme la contraria. Puede dar gracias a Odín. Otro día el asunto hubiese terminado en pelea y entonces le habría arrancado su piojosa cabeza. Mi hija, libre de las manos del tuerto, me mira y me sonríe.

Sólveig la Negra es igual que su madre. La misma indomable melena oscura llena de rizos, algo desacostumbrado entre nuestras gentes. Piel morena y ojos enormes de color castaño, como los de ella. Sin embargo, la mirada no es la misma. No posee el fuego de mi esposa.

Trato de sonreírle también, pero no es más que un rictus sin expresión. Mi hija lo entiende y se le enternece el rostro. Su hermana, que pasa al lado con una bandeja llena de salmón ahumado, grandes trozos de carne de jabalí y del caballo sacrificado para la ceremonia, percibe la emoción y le guiña un ojo, reconfortándola.

Salbjörg la Bella no tiene ningún parecido con su hermana. A pesar de ser más joven, le saca una cabeza de altura. El pelo es rubio, aunque no tanto como es habitual entre nosotros, los ojos azul oscuro como el mar encrespado, y la piel también algo más morena de lo normal. Salbjörg se muestra fría y distante, pero eso es una coraza, porque dentro late un corazón tierno que muy pocas veces asoma.

Ambas eran hermanas de Björn el Rojo, Thorgeir, el de la Espesa Cabellera, y Hadd el Negro, de gran parecido a Sólveig.

Ahora solo me quedan las dos hijas. Los tres muchachos murieron hace ya diez años al hundirse su drakkar, de nombre Gammr. El Grifo, capitaneado por Kvel el Severo, un langskips de cuarenta pares de remos, se partió durante una tormenta en las heladas aguas donde habita el Kraken, ese monstruo marino de inmensos tentáculos con el que ya tuve que vérmelas tiempo atrás.

Cuantas veces lo he lamentado. Marta siempre se opuso a que sus hijos salieran «a vikingo». Sin embargo, yo los alenté. Para los normandos, «ir a vikingo» supone un orgullo. Llegué incluso a costear parte de la embarcación, siempre a escondidas. De haberlo sabido ella me hubiera reprendido con aquella mirada que me hacía temblar.

Absurdo orgullo. Ningún padre debería sobrevivir a sus hijos. Marta jamás me lo reprochó, pero su mirada dejó de arder como lo había hecho desde el primer día en que la conocí.

–Por Thorvald Brazo de Hierro.

Es Sigurd el de la Voz de Trueno quien así se expresa. Levanto el cuerno hacia él, que me saluda con un guiño, como en los viejos tiempos. Sigurd era casi un niño cuando hicimos el Gran Viaje; yo por aquel entonces era un simple mercenario. Recuerdo que no se separó de mí en toda la odisea. Le enseñé a usar la espada, la maza y el cuchillo, fui para él más padre que Sturla, y siempre he pensado que así lo entendió Sigurd.

Todos han levantado su cuerno. El rey ha alzado su espada por encima de la cabeza. Miro alrededor. Cuernos, copas y espadas se elevan. Reconozco a varios compañeros de travesía, y a algunos de sus hijos, que se embarcaron conmigo para liberar a quienes cayeron en las garras de los blamenn, los hombres de piel oscura que rezan a su dios Alá, trabajo para el que fui contratado hace ahora tantos años.

Allí estaban Groa, Svava y Freyja, valientes guerreras las tres, Thorstein el Pálido, Einarr, el hijo de Abu, y Zubayda, Sif...

Varios de los presentes ya no viven en la comarca y se han presentado para la ocasión, a pesar del crudo invierno, que hiela las aguas e imposibilita los viajes.

No puedo dejar de darme cuenta del inmenso honor que me rinden con su presencia, así que me levanto y alzo de nuevo mi cuerno para decir las palabras de cortesía. Doy un trago y se lo alcanzo a Ragnar para que lo apure.

Debería sentirme orgulloso, pero no es así. Me siento viejo y vacío. Habré contemplado ya cincuenta inviernos, una edad más que respetable, y aún conservo casi toda mi fuerza, que no es poca, aunque mi cabellera, tomada por la nieve, ya ralea. El rostro surcado por mil arrugas, cruzado por una cicatriz que lo afea, da testimonio de mis correrías y del paso del tiempo. Mis huesos me doblegan a ratos, pero aún puedo erguirme y mostrarme fiero. En verdad aún soy respetado y mi brazo temido.

Sin embargo, cada invierno me resulta más duro, y este especialmente. Temo que no llegue a ver otro. Me da igual. Ya nada me ata a Midgardr, la tierra media donde habitamos los hombres.

–Padre, coma algo.

Es Salbjörg la Bella, que me tiende una bandeja con tortas de pan humeantes y algunos trozos de salmón, arenques y otros pescados. Al fondo de la sala, su hermana Sólveig me mira implorante.

He de hacer un esfuerzo por comer. Llevo dos días sin probar bocado y casi sin dormir. El escaso alcohol que ingiero hace estragos en mí. Por mis queridas hijas me obligo a tomar unas tajadas y metérmelas en la boca. Ellas me sonríen con cariño.

Están preocupadas, aunque no deberían. Vivo un tiempo prestado que se agota rápidamente.

–Thorvald, es la hora.

Sin darme cuenta, Sigurd se ha acercado hasta mi escabel. Le acompañan Krum Cabeza de Jabalí, mi compañero de armas, el que, precisamente, me metió en la mayor de las aventuras que me ha tocado vivir, y Thorstein, con su serio rostro tatuado.

Miro a mi lado, el rey Ragnar me observa y me anima con un gesto. Ahora no parece tan borracho como antes, sin duda aparentaba la ebriedad para que no me resultara tan doloroso.

La tormenta se ha tomado un respiro. Hay que aprovecharlo, y para ello mis visitantes ya salen a la negra noche, abrigándose con sus capas y mantos. Ayudado por Ragnar bajo del escabel. Para respetar la tradición, Sólveig me ayuda a despojarme de la ropa antes de salir de la casa.

Desnudo tal y como nací, salgo a la noche y me detengo un instante observado por todos. Aquellos que aguardaban en sus casas se acercan ahora a la orilla.

El fuerte viento agita mi melena y la revuelve mientras un frío lacerante me envuelve. Echo para atrás el pelo y tomo aire, los síntomas de debilidad no estarían bien vistos. Acostarse y dejarse morir sería otra cosa, mi pueblo admitiría eso, pero no el llanto o las muestras de pesar.

En la orilla, alrededor del gran drakkar, nos reunimos cuantos estamos presentes en el pueblo, en respetuoso silencio, como espíritus errantes. Parientes y amigos amontonan sobre el viejo langskips ramas de avellano y roble, los árboles sagrados. Otros portan antorchas que ayudan a la pálida luna a iluminar la escena.

La muchedumbre se separa para dejarnos pasar, no menos de medio millar de hombres y mujeres, tal es la categoría de quien vamos a despedir. Flanqueado por mis hijas, mis más preciados compañeros y el rey Ragnar, me acerco hasta el barco. El agua lo balancea suavemente. Ya no se distingue la cubierta, llena como está de ramas.

El drakkar nos trae recuerdos de tiempos pasados. Sí, es el mismo en el que nos embarcamos para llegar hasta las costas de al-Ándalus. Desde nuestro regreso no se había vuelto a hacer a la mar y esta, de nuevo con su capitana, será la última vez que navegue.

Detrás de nosotros aparecen Groa, Freyja, Svava y el rey Ragnar el Oso, con unas angarillas en las que descansa un cuerpo cubierto por una piel de caballo, quizás del mismo semental que ha servido para el sacrificio mortuorio. Las parihuelas son colocadas encima de las ramas, con el cuerpo al que se le retira el pellejo del animal.

Mi ánimo flaquea. Sigurd me entrega una antorcha. Él empuña otra, al igual que Krum, Thorstein, Einarr, y otros a los que no miro, pendiente del cuerpo que yace sobre la nave.

La han vestido con su mejor camisa de lino, que le cubre hasta los pies, y una capa larga atada, al contrario de lo que suele ser habitual, sobre el hombro izquierdo, para dejar libre la mano de ese lado, la que utilizaba para blandir la espada.

Luce bien peinado su cabello largo y rizado, ahora más blanco que negro. Los párpados cerrados no permiten ver los ojos castaños, desde hace tiempo hundidos en el rostro consumido, con la piel, otrora morena, del color de la ceniza.

Le han colocado las manos cruzadas sobre el pecho. A sus pies, la espada y el cuchillo que tan diestramente usara, ahora oxidadas. Desde que regresamos del Gran Viaje, nunca volvió a preocuparse de ellas.

Avanzo un paso. Por fortuna, la escasa luz no permite ver cómo me tiembla la mandíbula. Sin abrir la boca me despido de ella. Entre nosotros nunca hicieron falta demasiadas palabras. Solo le deseo un buen viaje y que me espere en las playas a las que llegue, pues yo no tardaré en seguirle.

Acerco la tea a las ramas. Uno a uno, los presentes tienden sus antorchas para ayudar a que prenda. Las llamas tardan poco en adueñarse del barco y ocultar el cuerpo. A pesar del intenso calor que desprende la fogata no me muevo. Entre unos pocos empujan el langskips liberándolo de las cadenas que lo ataban a la tierra.

Envuelto en llamas, el drakkar se aleja de la playa llevado por la marea. Aún permanecemos un rato viendo cómo cada vez se hace más pequeño, pero el frío es intenso y quienes me rodean van volviendo en silencio al abrigo de sus casas.

Mis hijas intentan convencerme para que regrese yo también, pero no les hago caso. El rey Ragnar las toma del brazo con dulzura y se las lleva, acompañado por Krum y Sigurd.

Me quedo solo frente al mar que tantas veces he surcado, viendo desaparecer a la única mujer que he amado en mi vida. La mujer que se apoderó de mi corazón y del de los habitantes de este pueblo.

Si en el Valhalla pudiera entrar una mujer, sé que sería Marta Ojos de Fuego.

¡Ah! Amor mío. Acabas de partir y cuánto te echo de menos ya. Ojalá nuestra separación no se prolongue mucho y vuelva a contemplar pronto tu brillante mirada. La mirada de quien, siendo esclava en mi tierra, llegó a convertirse en una admirada guerrera, venerada sanadora y respetada mujer enterrada con los honores de un rey.

Ya se pierde en el horizonte el último resplandor del fuego que la consume y noto una suave mano sobre mi brazo helado. Sin mirar sé que pertenece a Sólveig. Tiene el mismo tacto que ella.

–Padre, hace frío. Entremos en casa –me dice mientras cubre mis hombros con una piel de oso.

Los invitados aguardan para seguir celebrando los funerales. Preferiría que se marcharan, aunque tampoco me importa demasiado, pues en cualquier caso esta noche no dormiré. La dedicaré entera a releer la saga de aquella gesta y terminar de escribir lo que sucedió, para que todos los hombres y mujeres que han de nacer sepan quién fue Marta Ojos de Fuego.

Capítulo 1

Último año de gobierno de Halfdan el Negro, señor de Vestfold,

padre del rey Harald el de la Hermosa Cabellera.

859 desde el nacimiento del dios cristiano.

Al sur de la tierra de los normandos, Sol lucía en el cielo pese a que todavía era de noche, como ocurre en estas frías tierras durante el breve verano. La diosa en su carro cruzaba el cielo calentando con sus rayos los huesos de las criaturas y derritiendo la nieve, para que la tierra la admirase y creciera la hierba.

Rodeada por altas montañas donde la nieve es perpetua, se abría una entrada del mar. El fiordo tenía a su salida dos recodos, lo que permitía que sus aguas fuesen tranquilas. A los pies de esos gigantes nevados, el fiordo se ensanchaba, lamiendo ambas orillas. Por una de ellas caía desde lo más alto una estruendosa cascada de agua helada. Frente a esta, al otro lado de las aguas, había una planicie con un bosque de robles, tilos, pinos, abetos, fresnos, avellanos....

En terreno ganado al bosque, a orillas de una playa de piedras, unas casas dispersas rodeaban una construcción más grande. Aquella era la granja del jarl, el jefe de la aldea. Sus moradores, a la espera de que comenzara una nueva jornada de trabajo, dormían placenteramente.

En lo alto del acantilado que protegía la entrada al fiordo, se levantaba la herrería donde Runolf daba forma a las herramientas con las que cultivar, a las herraduras para los caballos y, cuando llegaba la época, a las armas, escudos, cascos y alguna cota de hierro. De vez en cuando, si le quedaba algo de tiempo, el herrero disfrutaba dando forma a metales más ricos con los que hacer adornos muy apreciados por hombres y mujeres: cinturones, broches, colgantes, llaves, pulseras.

* * *

De alguna de las casas surgía de vez en cuando el aullido de un perro que contestaba a sus parientes salvajes. Caballos, vacas, cerdos y ovejas dormitaban o comían recogidos en las mismas cabañas que ocupaban sus dueños aguardando a que estos despertaran, los libraran del peso acumulado en las ubres y los sacaran a pastar por los prados.

Las viviendas, alargadas y con una puerta baja y ancha en cada extremo, estaban formadas por una estructura de madera que se cubría con una masa compacta mezcla de barro, excrementos de animal y paja. Los tejados eran un entramado de maderos forrado con tepes de hierba.

Un hogar cuidadosamente alimentado ofrecía algo de luz y calor, y sus ascuas estaban preparadas para cocinar en las grandes marmitas que colgaban de unas cadenas de hierro sujetas a la viga maestra del techo. El interior, mal ventilado, mezclaba olores a leña quemada, ganado, restos de comida y sebo de las lámparas de aceite.

Fuera, parcelas cultivadas con tesón se disputaban la tierra con los guijarros y algunos cobertizos donde almacenar herramientas, trineos y carros. No eran tierras ricas y los granjeros debían pelear mucho para arrancar algo de ellas.

Secaderos de pescado donde ahumar lo obtenido en el mar de cara al largo invierno, tenderetes con pieles preciosas de zorro, oso, morsa, foca, pilas de leña y de heno, toneles y fardos...

En la orilla, sobre la playa de piedras, barcas de diferentes tamaños atadas a un atracadero se balanceaban suavemente, con sus redes, arpones, velas y remos aparejados para salir a faenar.

Aquel terreno había sido el elegido por Svenn la Marmota para levantar su granja junto a su familia, amigos y esclavos. La Marmota había tenido en ella cinco hijos y cuatro hijas, de los que habían sobrevivido solo cuatro, tres hombres y una mujer. Esta había sido bien casada con un jarl que poseía una granja a tres días a caballo. De los tres hijos, solo el mediano, Rorik Pie de Piedra, había mostrado interés por mantener la granja, mientras sus hermanos iban a vikingo a las costas de Frisia, donde finalmente se asentaron.

Desde entonces la aldea había ido creciendo. En tiempos de Rorik ya había un centenar de habitantes y la mitad de esclavos. El jefe de la aldea amplió la granja, se casó con Salbjörg, la hija de un jarl amigo de su padre, y tuvieron seis hijos, de los cuales solo un niño, para desgracia de Rorik. Sus cinco hijas fueron convenientemente casadas, después del esfuerzo de Rorik por buscarles unos maridos acordes a su posición social y reunir sus correspondientes dotes.

El varón fue criado para heredar algún día la granja, y así ocurrió cuando Rorik Pie de Piedra se fue a reunir con sus ancestros. Ikig Roriksson el Triturador, llamado como el martillo del dios Thor por ser esta su arma preferida, con la que acostumbraba a destrozar las cabezas de sus enemigos, ocupó el cargo de su padre.

El Triturador se había casado con la hija de un hombre libre ante el disgusto de su madre. Sigrid, que era como se llamaba la muchacha de la que Ikig se había enamorado perdidamente, era una bellísima joven. Alta, espigada, con una hermosa cabellera dorada y unos ojos del color del mar despejado, se había hecho con el corazón del jarl. No le había costado a la muchacha darse cuenta del hechizo que ejercía sobre el jefe local.

Se celebraron los esponsales por todo lo alto en el mes que los cristianos llaman octubre, y durante una semana los invitados se hartaron con un festín en el que la cerveza y el hidromiel no dejaron de correr.

La noche de bodas, cuando los recién casados fueron a acostarse, dispusieron de la única habitación de la granja, la que hasta el momento había ocupado Salbjörg. La viuda de Rorik durmió desde entonces en uno de los escabeles adosados a las paredes, al igual que el resto de los familiares lejanos, amigos o asalariados que trabajaban y vivían con sus familias en la misma granja que sus señores.

La granja de Svennsson también tenía dos entradas, una a cada extremo. Medía unos cincuenta pasos de largo por siete de ancho. Además de la habitación del dueño de la casa, había una sala principal donde dormía el resto, una estancia para los animales, lo que proporcionaba calor en invierno, y otra más pequeña donde arrojar los duendes tras una buena comida.

Así era la aldea que aquella mañana fue despertándose lentamente. Los primeros en hacerlo, tras las bestias ya inquietas, fueron los esclavos, que iniciaron las primeras tareas: ordeñar, separar algún animal que estuviese enfermo, vigilar a las reses preñadas, darles de comer y beber. En la granja estas labores eran supervisadas cuidadosamente por Salbjörg ante la indolencia de su nuera Sigrid.

Entre los normandos, la diferencia entre un hombre libre y un esclavo es que el primero puede elegir a quien servir, si es que desea hacerlo. Por lo demás, las tareas que han de realizar son las mismas, así que pronto el resto se había levantado y la aldea hervía con la actividad.

Cuando las primeras labores estaban concluidas, se preparaba el desayuno: grautr, una sémola a base de cereales, y leche. Después todos volvían a sus quehaceres.

Era entonces cuando se levantaba Sigrid la Bella. La mujer del jarl acostumbraba a desayunar sola en su habitación, para no tener que ver a su suegra, Salbjörg. Acostumbraba llamar a un esclavo para que le llevara algo de pan, queso y un tazón de leche que le gustaba muy caliente. Medio incorporada en la enorme cama de roble y abrigada con una piel de oso blanco, aguardaba a que su suegra se fuera para levantarse y peinarse su larguísima cabellera, que era cuidadosamente alisada con peines de hueso por dos esclavas que Ikig le había regalado.

Aquella mañana, como de costumbre, Salbjörg había salido pronto de la casa por no ver a su nuera, con la que cada día estaba más disgustada. La enorme granja era tanto un motivo de orgullo como de responsabilidad. La prosperidad de la familia, y su posición en la exigente sociedad normanda, residía tanto en las riquezas y honor que pudiera conseguir el cabecilla como en el esplendor que luciera su casa.

Salbjörg la Vieja, como era conocida a sus espaldas, era una mujer formidable cuya sola presencia infundía un respetuoso temor. Hasta su hijo Ikig solía darse por vencido cuando sus opiniones no coincidían, algo frecuente. En realidad, Sigrid, para lamentación eterna de su suegra, había sido lo único en lo que Ikig había ganado el pulso a su madre.

Ya habían pasado los tiempos en que madre e hijo mantuvieran agrias discusiones sobre este tema. Salbjörg quería que Ikig se casara con la hija de un jarl cercano con el que las relaciones eran bastante malas por un asunto de tierras y ganado. Ambas familias habían acordado ya los términos del contrato cuando apareció Sigrid. El jarl vecino se había ofendido por el desplante y las relaciones entre ellos se habían enturbiado más aún.

En la dársena, ancianos y niños soltaban las barcas y preparaban los aparejos, dispuestos para pescar. De lo alto del acantilado que guarecía la aldea bajaba el ruido de la forja, que se mezclaba con el de ocas, gallinas, cabras, ovejas, vacas, cerdos y caballos que pastaban libremente, evitando los espinosos cercados levantados para proteger las plantaciones.

El verano estaba por acabarse y antes de que llegaran las primeras nieves las despensas debían encontrarse a rebosar; las casas, con paredes y tejados en buenas condiciones; y el heno para las bestias, recogido. De no ser así, hombres y ganado pasarían hambre y frío durante el largo invierno, en el que apenas podrían salir de casa.

Las manos para tanto trabajo eran insuficientes. En la aldea solo quedaban mujeres, ancianos, inválidos, niños y esclavos. Los hombres habían partido en la primavera a bordo de sus largos drakkar hacia las costas de los francos con la idea de unirse a una flota que tenía previsto alcanzar las costas de los blamenn en las tierras del al-Ándalus, donde inmensas e infinitas riquezas aguardaban la llegada de los hombres del norte.

Cuando regresaran, con las naves llenas de plata y oro, se celebrarían y ensalzarían las hazañas de Ikig el Triturador y sus hombres. La aldea disfrutaría de una fiesta en la que la cerveza y el hidromiel correrían a espuertas, donde se sacrificarían bestias para saciar a todos y se repartiría el botín.

Luego llegaría el invierno y serían necesarias cantidades colosales de alimentos para dar de comer a aquellos toscos normandos, algo que los que aguardaban el regreso tenían que conseguir arrancar a aquella dura e inclemente tierra.

Era necesario almacenar una buena provisión de leña con la que alimentar el fuego del hogar y no morir congelados, engordar todo lo posible el ganado, esquilar las ovejas, hacer la matanza y guardar las piezas bien envueltas en hojas, enterradas en el helado suelo para que se conservaran, salar el pescado y más carne, cosechar las hortalizas, recoger los frutos secos y las bayas silvestres...

Durante el implacable invierno, tiempo habría para tomarse las tareas con más calma, cuando el frío no permitiera trabajar afuera. Entonces aprovecharían para hilar la lana, tejer ropa y posiblemente una nueva lona para la vela del barco. Se tallarían herramientas en madera y pequeños juguetes para los más pequeños: barcos de madera, espadas y lanzas. Al calor del fuego, los hombres contarían sus aventuras y las batallas en las que se vieron inmersos. Los escaldos relatarían las crueles historias de los violentos dioses que habitan en el mundo de Asgardr y de otras criaturas que se mueven por el Gran Fresno, Yggdrasil, donde se encuentran los nueve mundos.

Todos estos relatos habrían sido escuchados docenas de veces, pero se volverían a repetir y serían escuchados como si fuese la primera vez. Si incluyeran algún nuevo recuerdo que los embelleciera, aunque no fuese demasiado fiel, nadie diría nada.

Pero aún quedaba un mes o algo más para que los caminos se volvieran impracticables. Entonces nadie querría adentrarse en los helados senderos, oscuros y traicioneros, donde lobos, bandoleros y sceadungengan, los caminantes de las sombras, esperaban el paso de los incautos para despojarles de sus pertenencias y, quizá, de sus vidas.

Negra –dijo Sigrid dirigiéndose a una de las esclavas, que acababa de entrar en la casa con un haz de leña entre los brazos–. ¿Has visto a la Vieja?

Sigrid solo se atrevía a llamar así a su suegra cuando esta no se encontraba cerca. Bien era verdad que Salbjörg tenía ya cuarenta y cinco años, casi el doble que la Bella, pero nadie en la aldea hubiera osado llamarla de semejante forma estando ella presente, salvo, quizás, Lorelei, su mejor amiga.

La esclava guardó silencio. Le llamaban la Negra por tener la piel oscura, aunque no tanto como su compañera Zubayda, que era negra como el carbón. Marta, nombre por el que solo la conocían los esclavos, había sido capturada en al-Ándalus por Rorik Pie de Piedra en una expedición tres lustros atrás, cuando los vikingos tomaron Ishbiliya.

La Negra, a pesar de haber sido raptada en la tierra de los blamenn, los demonios oscuros, no era adoradora de Alá, si no de Yahvé. Hija de un juez judío que imponía orden en la comunidad hebrea, a la que los blamenn respetaban por ser, al igual que ellos, «gentes del Libro», el misterioso libro sagrado que compartían con los cristianos, había nacido en la devastada Ishbiliya.

Como una plaga, ochenta drakkars vikingos habían asolado la ciudad. Durante siete días de vino y sangre habían quemado, violado, asesinado y saqueado, sin respetar sus lugares de culto ni a sus hombres sagrados. Cierto que el emir Abd-al-Rahman había tomado cumplida venganza, pero cuantos pudieron regresar lo hicieron con cuantiosas riquezas y esclavos.

Marta, apenas una niña cuando fue capturada, estaba destinada a ser vendida como esclava junto a los demás en algún puerto comercial, pero Ikig, un muchacho al que aún no se le conocía como El Triturador y que había participado por primera vez en una expedición vikinga, se sintió intrigado con aquella cría que no temía a los vikingos y que se había enfrentado a Rorik armada con el pesado alfanje de su padre decapitado, sin poder siquiera levantar el arma del suelo. Ikig había exigido como parte de su botín que le fuese entregada la niña, a lo que su padre había accedido con una enorme carcajada.

La noche en que se celebraba el regreso de los hombres de Rorik a la aldea, Ikig bebió como los demás y, borracho, trató de demostrar su hombría con Marta mientras esta recorría los escabeles donde los vikingos bebían, comían o fornicaban con las cautivas, llevando platos repletos de comida.

Rorik espiaba los movimientos de su hijo con oculta satisfacción. Había dado orden de que la pequeña esclava fuese respetada, reservada para el muchacho, y nadie ofendía la voluntad del señor de la casa. Aún podía recordar la primera vez que había poseído por la fuerza a una mujer mientras asolaban un poblado en la costa franca. Aquella maldita zorra se había defendido con furia y casi le había arrancado un ojo con las uñas. Rorik le había cortado el cuello después de yacer con ella.

Pero a Ikig las cosas no le habían ido igual. Aferrando la cintura de la esclava había tratado de levantarle el vestido tal y como viera hacer a otros comensales, pero la muchacha, girándose veloz como una liebre, con los ojos convertidos en brasas, había hundido media pulgada del cuchillo que llevaba escondido en la ingle del inexperto amante.

No hizo falta que dijera nada. A partir de aquel día, Marta vivió en casa del viejo jarl, convencido este de que su hijo había quebrado a la muchacha, y trabajó como el resto de los esclavos. Pero jamás nadie volvió a osar ofenderla.

Ahora Marta, igual que Sigrid, debía de tener unos veinticuatro años. Aparte de eso era lo más diferente de esta que se pudiera ser. De pequeña constitución, su tez morena contrastaba con la blanca de la Bella. Tenía el pelo negro y rizado en vez de liso y rubio, y si los ojos de una parecían un mar azul en calma, los de Marta eran castaños y despedían unas chispas como las que saltaban de la forja del herrero. Sigrid era altanera y pagada de sí misma. Marta, amable y cariñosa, a pesar de lo cual podía tener un genio vivo y luchador frente al enfurruñamiento despótico de su ama.

Sigrid no se atrevía con la esclava cuando Ikig estaba presente, pero no perdía la ocasión de mortificarla cuando él se ausentaba. Aunque si algo odiaba de la esclava era que no parecía temer a su suegra y que osaba incluso desobedecerla, algo que no parecía molestar a la vieja bruja, todo lo contrario.

–Negra, ¿me has oído? –volvió a preguntar Sigrid cuando se hizo evidente que la esclava no se iba a tomar la molestia de contestarle–. Te he preguntado si has visto a Salbjörg.

Marta colocó el último de los troncos sobre la pila y tras abrir la puerta de la granja, sin siquiera una mirada a su encarnizada enemiga, contestó con un simple antes de cerrar tras ella.

–Deberías disimular un poco –dijo una voz extremadamente grave detrás de ella, en un idioma muy distinto al de los normandos–. Al fin y al cabo es tu ama.

La esclava no contestó y se dirigió hacia los secaderos de pescado. El que había hablado, un enorme esclavo negro, meneó la cabeza y sonrió. A pesar de que casi duplicaba su tamaño y que su aspecto no era en absoluto tranquilizador, Abu jamás había provocado el menor temor en la esclava, a la que conocía desde que ambos habían sido hechos prisioneros en al-Ándalus.

Las palabras que Abu había dirigido a Marta en la lengua de los blamenn al salir de la granja no pasaron desapercibidas para Zubayda. La esclava, enamorada de Abu, no pudo contener un aguijonazo de celos. Sabía que entre Marta y Abu no había nada, pero era demasiado joven para calmar su temperamento ardiente.

Zubayda solo llevaba en la aldea cinco años. Rorik la había comprado en un mercado de los francos, pensando que podía ser una buena compañera para Abu, siendo ambos de la misma raza. El jarl, conocedor de las debilidades humanas, sabía que no era buena idea dejar solo al enorme negro.

Abu había nacido esclavo en la tierra de los blamenn, por lo que no supuso mucho cambio ser capturado por los adoradores del fuego. Incluso debía reconocer que el trato dispensado por estos últimos era bastante mejor que el de sus antiguos amos.

Rorik, impresionado por su fuerza, se lo había quedado para sí, y en el viaje de vuelta el esclavo había conocido a Marta. Mientras aquellos que estaban encadenados se afligían por su suerte, la pequeña blamenn se había acercado al negro de cabeza rapada y pecho como el de un toro, pues pocas veces había visto un hombre tan oscuro.

Abu, indiferente, disfrutaba con la desesperación de aquellos importantes hombres que ahora iban a ser vendidos y no se apiadaba de sus lamentos. Aunque su propia suerte no hubiese variado, al menos ver a aquellos perros arrastrados por la cubierta le hacía sentirse mejor.

Había uno en especial, un comerciante de la cercana Elvira cuya mala suerte lo había hecho encontrarse en Ishbiliya a la llegada de los vikingos, que no paraba de mostrar su pesar a viva voz.

Rorik no soportaba los continuos lloros y lamentaciones del comerciante vestido con ricas ropas que delataban su condición. El jarl pretendía pedir un buen rescate por él y luego venderlo. Por dos veces le había ordenado que se callara, amenazándolo con colgarlo del mástil, pero el desolado hombre no conocía el idioma de los normandos y no comprendía lo que aquel loco con la ropa, el pelo y la barba llenos de sangre seca le gritaba.

El jarl, que trataba de calcular el precio de los rescates, perdió definitivamente la paciencia. Con grandes zancadas, llegó desde la proa al centro de la nave propinando empujones a aquellos de sus hombres demasiado lentos como para apartarse a tiempo. Mientras avanzaba con el rostro descompuesto, cogió un bichero que un tripulante estaba utilizando para subir al drakkar un escudo mal atado a la borda que había caído al agua y, de un solo movimiento, lo clavó en las entrañas del quejoso comerciante.

Ensartado, el jarl lo sacó por la borda manteniéndolo a un palmo por encima del agua entre las risas de sus compañeros, inmunes a la agonía del musulmán, que veía entre espasmos cómo su sangre caía al mar.

La mesnada vikinga acogió con risotadas la llegada de los tiburones. Cuando una de aquellas bestias atacó, los tripulantes aullaron mientras a los prisioneros se les salían los ojos de las cuencas. El animal se llevó entre sus fauces una pierna y el mar pareció entrar en ebullición mientras los otros se disputaban la comida. Sangrando a chorros, el desafortunado comerciante aún estaba vivo cuando el segundo tiburón arrasó con su pecho y ya no volvió a quejarse.

Ni él ni ningún otro prisionero, claro está. El resto del viaje los aterrorizados cautivos no se atrevieron ni a suspirar y durante la travesía restante hasta la isla situada a la entrada del río Loira, en tierra de los francos, permanecieron sumidos en un pertinaz silencio.

–Sois peor que las bestias –había gritado la niña cuando los restos sanguinolentos desaparecían entre las olas–. Ojalá un rayo caiga en este maldito barco y os muráis todos.

Los normandos, pese a no haber entendido las palabras de la osada pequeña, habían vuelto a prorrumpir en nuevas y más sonoras carcajadas. Uno de los tripulantes había cogido por la melena rizada a la niña para alzarla en el aire mientras la valiente propinaba inútiles patadas.

–Déjala, Eyjolf –rugió Rorik, desternillándose de risa ante la furia de la niña–. Esta pertenece a mi hijo y me la llevaré a casa.

Hacía quince años de aquello, y desde entonces Marta y Abu habían compartido techo en la casa del jarl, llegando a ser buenos amigos y conservando su antigua lengua para hablar entre ellos.

La mañana transcurría idéntica a tantas otras. Esclavos y hombres libres mano a mano cortaban leña, a ser posible de árboles caídos, pues entre los normandos los árboles son seres sagrados a los que no hay que dañar, salvo gran necesidad y después de pedir perdón por la ofensa; también remendaban redes de pesca, cocinaban, labraban el campo, recolectaban huevos de pájaros, pescaban y cuidaban el ganado.

En la fragua, el martilleo rítmico marcaba el paso del tiempo. Unos niños alimentaban un pequeño fuego a los pies del secadero de pescado para que al calor de las llamas acelerara el proceso. En los lindes del bosque, más niños y niñas se afanaban buscando bayas salvajes, frutos secos, hierbas aromáticas, raíces y alguna seta silvestre.

Lo único que distinguía aquella mañana era la llegada por el camino embarrado de dos jinetes a caballo.

El primero que los vio fue Abu. Sobre un tocón, partía leña con un hacha pensando en la Negra y su tozudez. Él no se enojaba. Para alguien que había sido esclavo toda su vida, que el trabajo no fuera agotador y no sufrir malos tratos ya era bastante. Incluso tenía la esperanza de ser manumitido algún día, algo nada extraño. Mientras, uno nunca sabía cuándo podían aparecer jinetes desconocidos para quemar y saquear, llevarse a las mujeres y pasar a cuchillo a los hombres.

Jinetes como aquellos.

Salbjörg, que había visto la mirada alerta de Abu, igual que Marta, se incorporó del campo que estaba labrando y, haciendo pantalla para que el sol no la deslumbrara, examinó a los hombres que se acercaban, tratando de adivinar sus intenciones.

Poco a poco el resto de los trabajadores fue levantando la mirada. En el huerto del caserío más cercano, Lorelei, amiga íntima de Salbjörg, y Helga, amiga de esta, también miraron con aprensión a los recién llegados.

Las figuras fueron definiéndose según los caballos se acercaban. La primera de ellas correspondía a un hombre corpulento con la cabeza rapada, algo muy extraño entre los normandos, poblada barba y el rostro de piel muy clara surcado por oscuros tatuajes de extraños símbolos. Vestido con pantalón y chaleco de cuero y un manto de piel cerrado sobre el hombro derecho, su porte resultaba imponente.

En la mano llevaba la brida del segundo caballo, sobre el que cabalgaba un extraño jinete encorvado con la cabeza gacha y el cabello apelmazado. Iba ataviado con un mantón de lana que le cubría todo el cuerpo y se mantenía sobre su montura a duras penas.

–Bienvenido, Thorstein el Pálido –saludó Salbjörg al reconocer al jinete tatuado–. Hacía mucho que no te veíamos. ¿Qué viento te trae por aquí?

–Hola, Salbjörg –contestó parcamente el jinete–. Me alegro de verte.

La mujer agarró las bridas y acarició la cabeza del caballo mientras examinaba al segundo jinete, que aún no había dicho nada.

–¿Conoces a este hombre? –preguntó Thorstein.

–No, creo que no –respondió la mujer–. ¿Debería?

–Él dice que vive aquí, en la cabaña de una tal Halldis.

–¿Ah, sí? –contestó cada vez más intrigada Salbjörg–. Dime, ¿quién eres?

El jinete levantó la cabeza dejando ver un rostro marcado por el fuego y las cicatrices al que le faltaba el ojo derecho. Salbjörg, a pesar de estar acostumbrada a ver las peores heridas, dio un paso atrás. Recuperada, se aproximó para ver más de cerca aquel despojo.

–También lo han castrado –apuntó Thorstein con el ceño fruncido.

–¿Leif Bardarsson? ¿Eres tú? –preguntó Salbjörg entre sorprendida y horrorizada.

Al oír su nombre, el hombre trató de enfocar su único ojo hacia la mujer. Un gemido salió de su reseca boca y antes de que nadie pudiera impedirlo cayó del caballo.

Entre Thorstein y Abu lo incorporaron. Estaba irreconocible. Leif había sido un pacífico granjero de gran corpulencia y buen sentido del humor, al que le gustaba cantar, beber y declamar poesía. Vivía con su mujer, que solo le había dado tres hijas, casadas ya, y nunca antes había pensado salir a vikingo.

Pero Ikig le había hablado, como al resto, de incontables riquezas fáciles de obtener en la tierra de los blamenn que paliarían los gastos de las tres dotes entregadas. En vez de esto, Leif había vuelto con la cara marcada, un ojo menos y menos peso.

–Id a buscar a Halldis enseguida –ordenó Salbjörg sin dirigirse a nadie en concreto–. Abu, llévalo dentro de la granja. Traed agua fresca y cerveza. –Y dirigiéndose a Thorstein preguntó–: ¿Qué le ha pasado?

–No lo sé. Llegó ayer a Sciringesheal con unos comerciantes que fueron abordados por un barco blamenn. Dijeron que estos les pagaron para que lo trajeran hasta aquí. Es lo único que hemos logrado entender. Repite todo el rato que le llevemos a la granja del jarl Svennsson. Entonces, ¿le conocéis?

–Sí, es un granjero –respondió Salbjörg–. Partió con mi hijo y los demás a comienzos del verano.

–¿Es de la partida de Ikig?

–Sí. Él no parecía muy dispuesto a marcharse. Siempre ha estado muy apegado a la tierra y a su mujer, pero mi hijo necesitaba enrolar más hombres para el barco y lo convenció. ¿Qué ha pasado con los demás? –preguntó la mujer dirigiéndose al mutilado–. ¿Dónde está mi hijo?

–Halldis, Halldis –balbuceaba aquella piltrafa con la mirada perdida.

–Aquí estoy, Leif –contestó una mujer rechoncha que acababa de entrar en la sala, con el horror reflejado en sus ojos–. ¿Qué te han hecho? ¿Qué te ha pasado?

Lorelei abrazó con delicadeza a la espantada mujer, que no podía creer que aquel desecho humano fuese la misma persona con la que compartía el lecho desde hacía más de dos décadas. El poco color que la mujer solía tener en el rostro se le fue.

–Toma un poco de cerveza, Leif –dijo Salbjörg acercándole un cuerno lleno de bebida a los labios mientras Abu lo incorporaba del escabel donde lo habían tumbado.

Tras un buen rato en el que el hombre se pudo recomponer un poco, le dieron un trago más de cerveza y Salbjörg le volvió a preguntar:

–¿Dónde están los demás, Leif? ¿Están bien?

Los presentes guardaban un silencio expectante. En torno al hombre se habían reunido todos los habitantes de la aldea, incluso Runolf, el herrero, que había dejado su fragua al ver pasar por delante de ella a los dos jinetes.

–Están todos muertos o prisioneros –logró articular con enorme esfuerzo el mutilado–. Todos muertos o prisioneros –volvió a repetir ante el mudo pasmo de los reunidos–. Todos, todos...

–¿Quién? ¿Quién ha hecho esto? –preguntó Thorstein agachándose–. ¿Quién los tiene presos?

–Los blamenn –repuso Leif tras una pausa–. Los diablos blamenn –repitió antes de perder de nuevo el sentido.

Capítulo 2

Nadie se movía. Aquellos rostros asustados no podían dejar de mirar al mutilado. Algunas mujeres se tapaban la cara con las manos y otras habían comenzado a llorar.

Entre los normandos, la muerte era algo corriente, que se asumía sin grandes demostraciones de pena. Un barco lleno de vikingos siempre estaba expuesto a desaparecer en una tormenta, ser atacado o cualquier otra desgracia. La muerte de todos los hombres de la aldea suponía su desaparición y un montón de viudas y huérfanos. Sin embargo, esta idea aún no había pasado por las cabezas de aquellas mujeres sobrecogidas por la noticia. Eran los rostros de sus maridos, hijos, padres, novios y hermanos los que desfilaban por sus mentes. Rostros marcados, sin ojos, carentes de vida.

La madre del jarl fue la primera en reaccionar y con un paño húmedo consiguió que el herido recobrara el sentido. Un cucharón de agua le fue puesto delante de sus labios y consiguió beber un poco de líquido, que se le escurría por las comisuras.

–Dime, Leif Bardarsson –dijo Salbjörg la Vieja inclinándose aún más sobre el escabel donde descansaba el mutilado–, ¿qué quieres decir? ¿Los hombres oscuros mantienen cautivos a nuestros maridos e hijos? ¿Son ellos los que te han marcado la cara y te han vaciado un ojo?

El resto de las presentes permanecía en un doloroso mutismo aguardando a que el moribundo les diese noticias sobre sus seres queridos. Halldis, la mujer de Leif, apenas podía contener las lágrimas que el estado de su marido le provocaba. Sosteniéndola por los hombros, Lorelei trataba de consolarla y hacer guardar silencio a las mujeres que, alertadas por Zubayda, iban llegando obedeciendo a la llamada de Salbjörg.

Prácticamente todos los habitantes del pueblo que no se habían marchado con la expedición vikinga se encontraban en ese momento en la alargada sala de la granja Svennsson. Acababan de entrar la pelirroja Kara, de fuerte carácter, cuyo marido y dos de sus hijos participaban en la expedición, junto a su inseparable amiga Embla, prometida de otro de los expedicionarios, Njâl el Quemado, llamado así por las cicatrices causadas por una flecha incendiaria que le había quemado el rostro, además del torso, deforme desde entonces.

Njâl era hermano de la musculosa y temperamental Groa, que junto a la pequeña Ran, hermana de ambos, habían acudido a todo correr desde la cabaña en la que ambas vivían con sus padres cerca de la granja de Salbjörg. La madre de los tres hermanos se encontraba en el mercado de Sciringesheal, pero no tardaría en conocer la suerte corrida por su hijo y los compañeros de este.

Al lado de las hermanas estaba Inga, alocada esposa de Ari el Rojo, con la que este se había casado pocos días antes de emprender el viaje en busca de gloria y riquezas.

Apoyada en la entrada, lejos de las demás, escuchaba en silencio una imponente mujer, que no respondía a los temerosos saludos de las que iban llegando.

Hild la Hija del Cuervo no tenía marido ni hijos y ningún componente de la expedición tenía relación con ella. Nadie conocía ni su edad ni de dónde provenía. Parecía llevar una máscara, pues su rostro resultaba inexpresivo y, además, lo tenía tatuado por entero de negro y rojo. Vivía sola en una cabaña frente a la aldea, al otro lado del fiordo, y recibía pocas visitas; los habitantes del pueblo únicamente se acercaban a la choza de la curandera cuando alguien caía enfermo.

Zubayda, que le tenía pánico, no se había atrevido a darle la noticia, pero la Hija del Cuervo de alguna forma se había enterado.

Cerca de Hild se encontraba la tímida Svava Runolfdottir, una hermosísima noruega que traía de cabeza a todos los habitantes de los alrededores y a la que no se le conocía amado a pesar de tener todas las proposiciones que quepa imaginar. Svava vivía en lo alto del acantilado, en la cabaña del herrero Runolf, al que consideraba como un padre desde que este la encontrara en el bosque cuando la niña no tenía más de tres años. El herrero, que amaba a Svava como si fuese su propia hija, tenía que desanimar regularmente a los pretendientes que se acercaban a su cabaña con cualquier excusa con el fin de rondar a la muchacha.

De las últimas en llegar había sido Arnora, esposa de Ragnfastr Colmillo de Jabalí, el carpintero de la aldea, embarazada de tres meses de su primer hijo, a la que había ido a buscar Sif, huérfana acogida por Salbjörg, que solo contaba trece años.

Próximos a la niña se encontraban Ivar, sobrino de Salbjörg, que había sido enviado por sus padres a casa de su tía para su educación, y Sigurd. Ivar estaba a punto de convertirse en un hombre, y su carácter retraído, y en ocasiones violento, hacía presagiar una tormentosa madurez. Por su parte, Sigurd era un niño díscolo y tozudo que vivía en casa de Lorelei con Helga, su madre viuda.

–Los blamenn nos capturaron después de una terrible batalla –dijo Leif con un hilo de voz–. Llegamos a la ciudad de Ishbiliya y tratamos de tomarla en vano, pues aquellos demonios oscuros nos rodearon con su flota y masacraron a quienes habíamos logrado desembarcar. El resto consiguió huir. Los que quedamos luchamos, pero aquellos malditos eran incontables. Hasta donde alcanzaba la vista no se veía sino barcos blamenn que no conocían la piedad.

Agotado, Leif no pudo seguir con el relato y cayó inconsciente sin lograr aclarar cuántos habían muerto y cuántos permanecían en manos de los blamenn.

–Dejémosle dormir, que se recupere– dijo Salbjörg, y llamando a la bruja, que permanecía inmóvil en la entrada de la granja, añadió–: Acércate y comprueba el estado de este hombre.