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Para mi mejor amigo, Israel, que en la adolescencia me facilitó el poder intrépido de sus ojos para ver más allá.

La castellanización del náhuatl

En el náhuatl prehispánico no existían los sonidos correspondientes a las letras b, d, f, j, ñ, r, v, ll y x.

Los sonidos que más han generado confusión son los de la ll y el de la x. La ll en palabras como calpulli, Tollan, calli no se pronunciaba como suena en la palabra llanto, sino como en lento; la x en todo momento se pronunciaba sh, como shampoo, en inglés.


ESCRITURA

PRONUNCIACIÓN ACTUAL

PRONUNCIACIÓN ORIGINAL

México


jico


Meshíco


Texcoco


Tekscoco


Teshcuco


Xocoyotzin


Jocoyotzin


Shocoyotzin

Los españoles le dieron escritura al náhuatl en castellano antiguo, pero al carecer del sonido sh utilizaron en su escritura una x a forma de comodín.

A pesar de que en 1492 Antonio de Nebrija ya había publicado La gramática castellana, el primer canon gramatical en lengua española, ésta no tuvo mucha difusión en su época y la gente escribía como consideraba acertado.

La ortografía difería en el empleo de algunas letras: f en lugar de h, tal es el caso de fecho en lugar de hecho; v en lugar de u (avnque); n en lugar de m (tanbién); g en lugar de j (mugeres); b en lugar de u (çibdad); ll en lugar de l (mill); y en lugar de i (yglesia); q en lugar de c (qual); x en lugar de j (traxo, abaxo, caxa); y x en lugar de s (máxcara).

Es por lo anterior —y para darle a la lectura de esta obra una sonoridad semejante a la original— que el lector encontrará palabras en náhuatl escritas con sh y una sola l, como en Meshíco y Tolan, que hoy día se representan con x y ll.

Asimismo se han eliminado —y en algunos casos, cambiado— las tildes en algunas palabras ya castellanizadas; así aparece Meshíco Tenochtítlan por México Tenochtitlán. En otras palabras, como Tonatiuh, cuya sílaba tónica recae en la u en español, se agregaron tildes para recalcar la pronunciación en náhuatl: Tonátiuh.

Una regla básica en el náhuatl es que todas las palabras son graves, esto es, la sílaba tónica siempre es la penúltima. Por lo tanto, en este texto, se mantiene la tilde en Ishtlilshóchitl, Cuauhtémoc, Coatépetl, Popocatépetl, entre otras palabras.

Cabe aclarar que el sonido que corresponde a tl al final de las palabras en el náhuatl es kh (sin sonidos vocales ka o ke). Por lo tanto, náhuatl se pronuncia ná-huakh. Otros ejemplos son Ish-tlil-shó-chikh, Coa-té-pekh, Po-po-ca-té-pekh.

Aunque estoy consciente de que los especialistas siguen otras convenciones, y de que en el náhuatl actual la pronunciación varía de acuerdo con la zona geográfica, el criterio usado en esta novela tiene sólo a sus lectores en cuenta. Se trata de que, al leer estas páginas, puedan pronunciar todos los vocablos en forma correcta.

1

Año 13 caña (1427)

Azcapotzalco

El cadáver de Tezozómoc yace sobre una cama de piedra en el salón principal. Lleva puestas las vestiduras reales, joyas de oro y piedras preciosas, plumas finas, una esmeralda en la boca y una máscara de oro que él mismo mandó hacer a semejanza de su rostro.

Han transcurrido cinco noches de luto. Un grupo de señores principales, vestidos con largas mantas blancas, cantan en tono lúgubre al mismo tiempo que cargan sobre sus hombros el cuerpo del tecutli Tezozómoc para que sea incinerado esta noche. Detrás de ellos avanzan Mashtla, Tayatzin, Motecuzoma Ilhuicamina, Tlacateotzin, Chimalpopoca, Nezahualcóyotl, mucha nobleza de todas partes y los embajadores de los tetecuhtin*1 que no pudieron asistir.

Un sacerdote los recibe a un lado de la hoguera donde también serán sacrificados los sirvientes del tecutli tepaneca y aquellos considerados como gente inútil: malnacidos, enanos, enfermos mentales y minusválidos. De igual forma aquellos nacidos en los cinco días intercalares de cada año, llamados nemontemi (aciagos e infelices), predestinados a morir de esta manera. Los tetecuhtin de todos los pueblos que llegaron a las exequias llevan esclavos en forma de obsequio, que también terminarán en la hoguera.

Finalmente llega el momento de encender el fuego. El cuerpo del anciano Tezozómoc se pierde entre las llamas. Todos observan en silencio.

—Hermano —susurra Mashtla a Tayatzin—. Quiero hablar contigo.

Tayatzin asiente con la mirada y Mashtla se aleja del cortejo fúnebre.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Tayatzin al notar el llanto en los ojos de Mashtla.

—No —Mashtla se seca las lágrimas—. La muerte de mi... —hace una pausa—... de nuestro padre me tiene sumamente desconsolado... —mantiene la mirada fija en los ojos de Tayatzin—. No manchemos su funeral con un homicidio. Sé que él nos pidió que asesináramos a Nezahualcóyotl, pero eso lo podemos hacer otro día. Hoy no. Te lo suplico.

—No te preocupes —responde Tayatzin conmovido con las palabras de su hermano—. No mancharemos el funeral de nuestro padre.

Mientras tanto, los sacerdotes ejecutan los sacrificios humanos correspondientes. Los gritos de la gente arrojada a la hoguera estremecen al numeroso concurso en el funeral. Entonces el príncipe Nezahualcóyotl —cuyo único objetivo al asistir fue corroborar la muerte de Tezozómoc— sale del lugar sin que nadie lo detenga.

La ceremonia luctuosa dura toda la noche. A la mañana siguiente recogen las cenizas y las guardan en una caja para la posteridad. Luego se lleva a cabo un banquete en honor del difunto. En cuanto los invitados terminan de comer, Tlacateotzin, tecutli de Tlatelolco, se pone de pie y se dirige a la nobleza reunida en el palacio:

—Nobles consejeros, ministros y tetecuhtin aliados del imperio chichimeca. Ha llegado el momento de realizar la jura de Tayatzin como legítimo sucesor de nuestro amado Tezozómoc.

En ese momento Mashtla se pone de pie y camina al centro del palacio. Ya no es el mismo que lloró toda la noche por la muerte de su padre. Tiene la frente en alto, el pecho henchido y los puños oprimidos. Todos lo observan con preocupación. Pronostican lo peor.

—Señores —hace una pausa, recorre el lugar con la mirada y se asegura de que todos pongan atención a sus palabras—. El único heredero legítimo de mi padre soy yo.

Los presentes se miran entre sí. Se escuchan algunos murmullos. Saben que se aproxima un terremoto que sacudirá todo el imperio. Tlacateotzin intenta hablar, pero Mashtla le gana la palabra:

—Si callé en presencia de mi padre fue por respeto, por no darle disgusto, viéndolo tan cercano a la muerte; mas no porque me conformase con su disposición —los ministros, senadores, consejeros y tetecuhtin de los pueblos aliados continúan mirándose—. Sepan todos ustedes que no pienso renunciar al derecho que me dio la naturaleza.

Tayatzin se encuentra a un lado de Chimalpopoca. Ambos sabían que algo así ocurriría. Por ello habían preguntado en privado a cada uno de los aliados si estarían dispuestos a apoyarlos en caso de que Mashtla se revelara contra el mandato de Tezozómoc. La mayoría habían prometido lealtad a Tayatzin, pero conscientes de que al final terminarían del lado de quien se inclinara la balanza. Resulta más conveniente obedecer a un tirano que luchar contra él. Saben perfectamente que, de comenzar otra guerra, Tayatzin se rendiría fácilmente y que Mashtla cobraría venganza contra aquellos que le negaran su voto.

—El pretexto de mi padre fue mi altivez y severidad —continúa Mashtla caminando de un lado a otro por el centro del palacio—. Pero estoy seguro de que tengo la lealtad de mi gente en el señorío de Coyohuácan y Azcapotzalco. Sé que defenderán mi causa contra los traidores que intenten usurparme la corona —dirige la mirada hacia Tlacateotzin, Chimalpopoca y Tayatzin—. Por ello les pido que me juren como huey chichimecatecutli en este momento. Si se rehúsan, con el auxilio de los tetecuhtin que me siguen y con el valor de los más esforzados capitanes del imperio que, bien saben, están a mi devoción, entraré arrasando y destruyendo a fuego y sangre las tierras de los rebeldes, hasta dejarlas desoladas.

Hay una gran conmoción en el palacio. Los que se declaran a favor de Tayatzin levantan la voz. Los que siguen a Mashtla dan sus razones. Los tetecuhtin de Tlatelolco y Meshíco Tenochtítlan se inclinan por el hermano menor, pues bien saben que de tomar el poder Mashtla les arrebatará los privilegios recibidos por Tezozómoc, los cuales se habían incrementado desde la muerte de Ishtlilshóchitl, padre de Nezahualcóyotl. Sin embargo, el número de partidarios que apoyan al hijo primogénito es mucho mayor.

—¡Hay que impedirlo! —exclama uno de los senadores—. No debemos dejarlo llegar al trono. Será nuestra desgracia. El fin de todos nosotros.

—Mashtla nos ha prometido tierras, riquezas, mejores privilegios. Es tiempo de quitarles a estos tlatelolcas y tenoshcas tantos indultos —dice otro más, refiriéndose a los impuestos que Tezozómoc les había perdonado a partir de que sus hijas se casaron con los tetecuhtin de Tlatelolco y Tenochtítlan.

—Lo mejor será esperar unos días para tomar la decisión correcta —propone uno de los consejeros.

—No esperaremos —Mashtla responde tajante—. Ustedes lo han dicho: han pasado las celebraciones fúnebres de mi padre. No se puede quedar el imperio sin gran chichimecatecutli.

La discusión continúa por varias horas, hasta que los seguidores de Tayatzin, temerosos de otra guerra, ceden.

—Siendo, pues, que la gran mayoría le favorece a usted —dice uno de los ministros con desánimo—, no encontramos razón para dilatar su jura.

Mashtla sonríe, se pone de pie, alza los brazos y añade:

—Que sea entonces esta misma tarde en que se lleve a cabo mi jura como huey chichimecatecutli.

Los tetecuhtin de Tlatelolco y Meshíco Tenochtítlan comprenden que éste es el principio de su fin. La venganza de Mashtla los aplastará.

—¿Qué recibirá su hermano Tayatzin? —pregunta Chimalpopoca.

Mashtla lo mira de reojo, hace una mueca alzando el pómulo izquierdo y finge una sonrisa. A diferencia de su padre, Mashtla es un pésimo actor: cada pensamiento, cada sentimiento, cada reacción lo delata. Para todos es evidente su inconformidad con la pregunta que le hace Chimalpopoca.

—Le concedo el privilegio de ser uno de mis ministros y dueño de algunos territorios —responde sin quitar su falsa sonrisa.

Tayatzin baja la cabeza y como niño castigado asiente una y otra vez, aceptando lo que le ofrece su hermano; pero ni él ni el tlatoani Chimalpopoca se sienten complacidos. Ambos albergan resentimientos suficientes.

Tayatzin, por su parte, fue siempre humillado por su hermano mayor. Años atrás, cuando Tezozómoc cedió el señorío de Coyohuácan a Tayatzin, Mashtla ardió en cólera e hizo tal berrinche frente a su padre que Tezozómoc revirtió su decisión: Mashtla quedó como señor de Coyohuácan. Mashtla jamás permitió que su hermano menor fuera a la guerra, arguyendo que no estaba lo suficientemente ejercitado en las armas como para llevar las riendas de las tropas. En realidad, lo hacía para evitar que Tayatzin se hiciera de victorias.

Asimismo, Chimalpopoca tenía sus propias razones para odiar al nuevo chichimecatecutli: lo había insultado y humillado frente a los ministros y consejeros de Tezozómoc, le había entorpecido sus proyectos para la creación de un acueducto que iría de Chapultépec a la ciudad isla de Tenochtítlan. Pero todos sus desencuentros políticos no fueron suficientes para que germinara el deseo de venganza, como lo fue el agravio que Mashtla le hizo a Matlalatzin, esposa de Chimalpopoca e hija del tecutli de Tlatelolco. El día de la boda de Chimalpopoca y Matlalatzin, Mashtla envió a sus concubinas para que la invitaran al palacio de Coyohuácan. La joven reina aceptó, como era la costumbre entre los pueblos vecinos, sin imaginar lo que le esperaba. Al llegar a la corte, las concubinas de Mashtla la dejaron en la sala principal y se retiraron con el argumento de que iban por el banquete. Minutos más tarde entró el tecutli de Coyohuácan. No dijo una palabra. Caminó muy lentamente sin quitarle la mirada a la joven reina.

—No puedo dejar de admirar tu belleza.

—Mi señor, buenas tardes —Matlalatzin agachó la cabeza—. Me siento muy honrada de que sus concubinas me hayan invitado a su palacio.

—Yo también me siento honrado de tenerte en mi palacio.

La mirada lasciva de Mashtla intimidó a la jovencita.

—Sus concubinas dijeron que volverían pronto con el banquete.

—No te preocupes por ellas —Mashtla se encontraba a unos metros de distancia.

—Preferiría que algunas de ellas nos hicieran compañía.

—Tal vez más adelante. Primero me gustaría disfrutarte yo solo.

—Señor —dijo la reina meshíca—, yo soy la mujer de Chimalpopoca.

—Abandónalo —respondió Mashtla con una sonrisa cínica— , vente a vivir conmigo.

Matlalatzin se dispuso a volver en ese mismo instante a la ciudad isla, pero Mashtla la interceptó sagazmente, la abrazó e intentó besarla. La reina de Meshíco Tenochtítlan respondió con una bofetada, lo que provocó la ira del señor de Coyohuácan, quien la derribó con un golpe certero en el rostro. Se quitó el penacho, los brazaletes, los collares de oro y las vestiduras. Matlalatzin lamentó haber ido a la ciudad de Coyohuácan. Intentó salir una vez más, pero Mashtla la prendió por la espalda y la llevó cargando hasta su habitación, la acostó bocabajo y le arrancó el huipil.

Gritó desesperada mientras era penetrada por Mashtla, quien, tras satisfacer su brutal apetito, la dejó libre. Ella volvió a Meshíco Tenochtítlan ahogada en llanto. Al verla, Chimalpopoca tuvo un presentimiento.

—¿Qué te ocurre? —preguntó deseoso de que se tratara de algo trivial.

—Ya no soy digna de ser la reina de Meshíco Tenochtítlan.

Chimalpopoca no respondió. Salió del palacio por varias horas. Al volver no hizo demostración de sentimiento alguno. Matlalatzin supo esa misma noche que Chimalpopoca no le había reclamado a Mashtla ni se había quejado con Tezozómoc. Y peor aún, no manifestó querer vengarse de algún modo.

Si bien Chimalpopoca no dijo una sola palabra ese día, fue porque en su interior comenzó la imprecisa cuenta regresiva rumbo al día en que llevaría a cabo su venganza, la cual no podría ocurrir sino hasta después de muerto Tezozómoc. Si hubiera agredido a Mashtla cuando aún vivía su abuelo, los tenoshcas habrían perdido todos los beneficios que recibían del señorío tepaneca.

—¿Qué importa tu señorío? —le dijo Matlalatzin un día enojada—. ¡Tu mujer fue violada!

—¿Tú crees que no me importa? —Chimalpopoca caminó hacia ella— ¡Mírame! —puso su rostro a unos cuantos centímetros del de ella.

—¡Denúncialo con Tezozómoc!

—¡Es su hijo! ¿Qué quieres que haga? ¿Que lo mande matar? No lo va a hacer. Hay muchas cosas que tú no sabes. Mashtla mató a mi hermano mayor cuando era un recién nacido. Todos lo sabían, incluyendo mi abuelo, y no lo castigó.

Chimalpopoca sabía bien que cualquier arranque beligerante traería peores consecuencias. El vulgo bien podía vengar la deshonra con pleitos callejeros, pero un tecutli no podía proceder de esa manera.

—Hay muchas vidas de por medio —continuó Chimalpopoca—. La libertad de Meshíco Tenochtítlan ha costado mucho y no se puede arrojar al río por una venganza personal. ¡Claro que ganas no me faltan para ir a cortarle la cabeza a Mashtla! ¡Por supuesto que he perdido el sueño! Me atormenta tu dolor. Me indigna saberme deshonrado. Es insoportable encontrarme con Mashtla cuando nos manda llamar mi abuelo Tezozómoc. Me hiere su cinismo. Siento sus miradas burlonas. Me muerdo los labios para no gritar frente a todos que él ha violentado a mi esposa. Pero sé que Mashtla logrará convencer a su padre, llorando, si es necesario.

“Cuántos problemas me habría ahorrado si lo hubiera matado”, pensó Chimalpopoca tiempo después. Comenzó a maquinar ideas, y cuando Tezozómoc nombró a Tayatzin como sucesor, el tlatoani de Meshíco Tenochtítlan pensó que dar muerte a Mashtla sería aún más fácil; pero sus planes se derrumbaron cuando los ministros, consejeros, señores y tetecuhtin aprobaron la jura de Mashtla.

“¡No es posible! —piensa Chimalpopoca—. ¡Impídanlo! ¡Deténganlo! El futuro de esta tierra será terrible si él nos gobierna. No podemos quedarnos así. Debemos buscar la manera de destituir del imperio a este despiadado.”

Tayatzin y Chimalpopoca saben que aquello no es más que el camino directo a un yugo impostergable.

 


*1

Tetecuhtin, plural de tecutli, que significa rey o señor.

2

La canoa en la que viaja el príncipe Nezahualcóyotl se bambolea dócilmente mientras dos hombres reman con apuro en medio del lago de Teshcuco, en cuyas orillas crecen sauces y ahuehuetes escoltados por arbustos y hierbas. El Coyote ayunado va de pie, al frente, con su larga cabellera que ondea con el viento, mientras observa el horizonte y piensa en sus preocupaciones, dudas, penas y rencores. Olvidar no es fácil. Perdonar tampoco.

Ya no es el mismo adolescente que acompañó a su padre al campo de batalla frente a las tropas tepanecas. El joven príncipe murió con su padre y en su lugar ahora se encuentra un coyote hambriento, sediento, ansioso, vehemente de justicia.

¿Justicia? ¡No! Después de los agravios, luego de un crimen despiadado, tras el despojo y la persecución, ¿qué? ¿Cómo se da alivio al corazón? ¿Cómo se recupera la dignidad? ¿Cómo se curan las heridas? El príncipe chichimeca busca venganza. Nada más que venganza. Ya no puede esperar a que se haga justicia.

Una manta de nubarrones cubre el cielo justo antes de que encalle la canoa de Nezahualcóyotl. Al bajar se va directo al palacio de Cilan, heredado por su padre y donde Tezozómoc le permitió vivir los últimos cinco años.

Justo en la entrada encuentra a una de sus concubinas cargando a uno de los tres hijos que tuvo con ella cuando se encontraba en Tlashcálan y Hueshotzinco huyendo de la persecución de Tezozómoc. Se acerca a ellos y los saluda. Ve al más pequeño, le toca la cabeza y sigue su recorrido por el palacio.

Al llegar a una habitación se encuentra con menos de una docena de mujeres haciendo labores del hogar. Todas ellas concubinas suyas, a las que dice amar por igual. En el fondo, él sabe que no ha encontrado aún a la mujer que lo enloquezca.

El papel de la mujer es de suma importancia en el Anáhuac. Ellas sostienen la familia. No obstante, son tomadas por puñados, sin importar su individualidad. Hay muchas en la misma casa y todas deben compartir el mismo hombre. Y si entre ellas no hay afinidad, no les queda más que soportar y callar. Ése es su ineludible destino como concubinas.

—¿Le sirvo de comer, mi señor? —pregunta Citlali.

Nezahualcóyotl cierra los ojos por un instante. Se encuentra sumamente cansado. No ha dormido durante los últimos cinco días.

—Necesito dormir —responde el príncipe—. El funeral de Tezozómoc me dejó desgastado.

—Lo acompaño para ayudarle a quitarse la ropa.

—Sí.

Ambos caminan rumbo a la habitación real.

—Les dejé instrucciones a los guardias de que me informen en caso de cualquier asunto importante. Despiértame de inmediato.

—Así lo haré, mi señor.

Nezahualcóyotl se acuesta en su petate, cierra los ojos y se queda dormido. A la mañana siguiente lo despierta Citlali.

—Mi señor, mi señor, despierte.

El príncipe abre los ojos y se encuentra con la imagen opaca de su concubina. Siente que durmió sólo unos minutos. Luego observa la luz que entra por el tragaluz. Comprende que ya amaneció.

—Coyohua solicita hablar con usted.

Nezahualcóyotl se sienta en su petate. Se lleva las manos a la cabellera para hacerse un nudo. Citlali se ofrece a ayudarlo.

—¿Qué te dijo?

—Que era importante.

—¿Se veía muy preocupado?

—Sí. Mucho.

—Creo que ya sé lo que me va a decir —Nezahualcóyotl se pone de pie y se viste lo más rápido posible.

Al llegar a la sala principal se encuentra con Coyohua, su hombre más fiel y mano derecha.

—¿Sucedió lo que creo? —observa a Coyohua y pronostica lo peor.

—Nuestros informantes dicen que luego del banquete con los ministros, consejeros y tetecuhtin, el señor de Tlatelolco propuso jurar inmediatamente a Tayatzin, pero Mashtla se lo impidió y exigió que se le reconociera como gran chichimecatecutli. Muchos de ellos se negaron, pero Mashtla amenazó con un severo discurso. Discutieron toda la tarde hasta que finalmente accedieron y lo juraron.

3

El lago yace en absoluta calma. Un águila real surca el cielo. Se acerca a la isla al mismo tiempo que baja al nivel del piso. Captura una serpiente y eleva el vuelo. Izcóatl, Tlacaélel y Motecuzoma Ilhuicamina observan el suceso que ha dejado de ser tan común en la isla debido al crecimiento de la población. Los gemelos Tlacaélel y Motecuzoma Ilhuicamina son tan parecidos que incluso sus familiares los confunden. Quienes jamás los han visto juntos creen que son una misma persona y los llaman Ilhuicamina-Tlacaélel.

Caminan rumbo a la casa de Izcóatl. Los tres se encuentran sumamente preocupados. El destino de los tenoshcas es incierto. Tlacaélel y su hermano gemelo Ilhuicamina son apenas unos jóvenes de veintitrés años, por lo tanto no tienen voz ni voto en el gobierno. Izcóatl es el único de los tres que puede dar su opinión, principalmente por ser hijo del difunto Acamapichtli y Tlacochcálcatl.

—Tío, ¿qué decisión cree que tome el Consejo? —pregunta Motecuzoma Ilhuicamina.

—Según el comportamiento de tu hermano Chimalpopoca, lo más seguro es que acatarán las órdenes de Mashtla —responde Izcóatl.

—¿No hay nada que pueda hacer el Consejo? —pregunta Tlacaélel.

—Es el tlatoani y por lo tanto tiene la última palabra.

—¿Y qué pasaría si Chimalpopoca llevara a los tenoshcas a la desgracia por sus malas decisiones? ¿Ninguno de los ministros podría detenerlo?

—Nadie —responde Izcóatl con preocupación—. Nuestras leyes le han otorgado el poder absoluto al tlatoani.

—¿Mi padre tomó decisiones acertadas?

—La mayoría del tiempo. La más difícil de todas fue decidir a quién favorecer en la guerra entre Azcapotzalco y Teshcuco. Huitzilihuitl decidió respaldar a Tezozómoc principalmente porque estaba casado con la madre de Chimalpopoca, hija de Tezozómoc.

—Y por ello, el Consejo eligió a Chimalpopoca —agrega Motecuzoma Ilhuicamina.

—Estábamos en guerra —añade Izcóatl—. Esa elección no fue del Consejo, sino de Tezozómoc. Si hubiésemos desobedecido sus órdenes habríamos tenido muchos problemas con Azcapotzalco.

—¿Peores que los que se aproximan? —pregunta Motecuzoma Ilhuicamina.

—En su momento, obedecer al tecutli tepaneca fue la mejor decisión —responde Izcóatl—. Ganamos la guerra y recibimos muchos beneficios, incluyendo el gobierno de Teshcuco. Si el Consejo tenoshca hubiese elegido a alguien más como tlatoani, tal vez en el momento no habríamos sido castigados por desobedecer a Tezozómoc, pero no habríamos recibido nada después de la guerra y, peor aún, nos habrían incrementado el tributo. Tezozómoc era sumamente autoritario, pero sabía negociar incluso con sus enemigos. Mashtla es un resentido. No le interesa pactar con los meshícas. Nos ha odiado desde que era un niño.

—Lo único que nos queda es convencer a Chimalpopoca para que defienda nuestros derechos —dice Ilhuicamina.

—Sin Tezozómoc, Chimalpopoca no es nada —agrega Tlacaélel con desdeño—. No tiene experiencia. Carece de autoridad. Es un cob...

—Cuida tus palabras —lo interrumpe Izcóatl— . Es tu hermano, pero también es tu tlatoani y merece respeto.

—Medio hermano...

—Mitad tenoshca y mitad tepaneca —añade Ilhuicamina.

—Eso no debería ser un problema para ti —responde Izcóatl.

—Lo es —dice Tlacaélel— . No nos conviene que la nobleza tenoshca se contamine con la tepaneca.

—No digas tonterías.

—No son tonterías —se defiende Tlacaélel—. Deberíamos cuidar la pureza de nuestra sangre, nuestra raza.

—Es una estupidez lo que estás diciendo —finaliza Izcóatl, molesto con el comentario.

4

El enano Tlatólton se esconde detrás de unos arbustos frente al palacio de Tenochtítlan. Espera en silencio el descuido de los guardias para escalar un árbol cuyas ramas dan a uno de los tragaluces del palacio. En ese momento aparece un hombre solicitando una audiencia con el tlatoani. Los soldados le preguntan su nombre y el motivo de su presencia. El hombre es un macehuali*1 que fue víctima de robo. Los soldados le responden que esos asuntos los resuelven en su calpuli.*2 El enano Tlatólton aprovecha el momento para subir por el árbol e introducir su cuerpo regordete por el tragaluz. Ya en el interior cae al piso y se lastima la muñeca y una rodilla. No tiene tiempo para lamentarse. Se esconde donde puede y espera. Debe asegurarse de que no haya nadie en los pasillos. Atraviesa todo el palacio con sigilo hasta llegar a la sala principal, donde espera en absoluto silencio detrás de una columna. Transcurren varias horas sin que nadie entre en la sala. La espera comienza a ser incómoda. Al enano le surge una necesidad de orinar, que conforme pasan los minutos se vuelve más intensa. Finalmente decide salir del palacio, pero justo en ese momento entran Chimalpopoca y Tayatzin. El enano regresa a su escondite.

—Tío, usted sabe que tiene todo mi apoyo y el de los tenoshcas —dice el joven tlatoani.

—Seré sincero. Nunca he sido un hombre de guerra. Aunque quisiera no podría derrotarlo —responde Tayatzin muy angustiado— . No entiendo por qué mi madre me nombró heredero si sabía lo que ocurriría.

—Tal vez mi abuelo quiso ponerle una prueba, tío.

—Mi padre no era así. Nunca hizo nada parecido. ¿Por qué actuaría de esa manera antes de su muerte?

Chimalpopoca y Tayatzin guardan silencio por un instante. El enano se pone nervioso. Cree que ha sido descubierto. Comienza a sudar. Respira agitadamente. Se intensifica su necesidad de orinar.

—Quizá porque confió en usted.

—No... Estoy seguro de que lo hizo para hacer enojar a Mashtla.

—Usted y yo sabemos que ellos dos nunca tuvieron una buena relación. Siempre estaban en desacuerdo. Un ejemplo muy claro: cuando ganamos la guerra contra Ishtlilshóchitl, Tezozómoc no le dio ningún pueblo a Mashtla. En cambio, a mí que era su nieto me otorgó la ciudad de Teshcuco. Ahí está la prueba de que mi abuelo no confiaba en Mashtla.

—En eso tienes razón.

—Luche por lo que le pertenece, tío.

—¿Cómo? No tengo un ejército bajo mi mando.

—Los meshícas se lo proporcionaremos.

—¿Y si perdemos la guerra?

—Está bien. Ésa no es la manera. Busquemos otra.

—No existen más —responde Tayatzin con pesimismo.

—Hay otra opción...

—¿Cuál?

—Matándolo.

—No... —Tayatzin se muestra nervioso. Simula una sonrisa, pero en el fondo se muere de miedo—. Yo no podría asesinar a mi hermano —niega con la cabeza.

—No tendría que ser usted, tío. Podría enviar a alguien.

—Conozco a Mashtla. Es sumamente astuto. Se daría cuenta de inmediato. Capturaría a quien intente matarlo y lo torturaría hasta sacarle la verdad. Luego nos buscaría a ti y a mí, y nos despedazaría lentamente.

—Si no lo matamos, de cualquier manera él nos asesinará a usted, a Nezahualcóyotl y a mí. Sabe que tiene que hacerlo para mantener el imperio. De lo contrario, jamás podrá vivir tranquilo.

—¿Por qué querría matarme a mí? Ya le cedí mi lugar.

—Mashtla vivirá con el temor de que en cualquier momento usted intente reclamar lo que le pertenece por herencia.

—Creo que le preocupa más Nezahualcóyotl.

—Los dos. Por lo tanto, enfocará todas sus energías en matarlos.

Tayatzin baja la mirada y permanece pensativo. Su sobrino Chimalpopoca tiene toda la razón. Y si no le hace caso, muy pronto terminará muerto.

—Es su vida o la de Mashtla —insiste el tlatoani.

—¿Qué propones?

—Dígale a su hermano que le es imposible habitar el palacio de su difunto padre ya que el duelo no se lo permite; y que por lo tanto quiere construir otro palacio para su residencia.

—¿Construir un palacio?

—Sí. En el barrio de Atompan en Azcapotzalco. Su hermano se lo cedió el día que usurpó el imperio.

—¿Crees que acepte?

—Por supuesto. Él no querrá tenerlo viviendo en el palacio todo este tiempo.

—Tienes razón. En los últimos días no ha hablado conmigo. Es como si yo no existiera. Aunque también creo que es porque...

—Tío, ya no busque más explicaciones. Mashtla lo odia. Tayatzin suspira con tristeza.

—Debo confesar algo. He tenido sueños terribles.

Chimalpopoca lo observa con cautela. Sabe que aquellas turbias pesadillas, según los brujos, pueden pronosticar una tragedia. Y temeroso a sugestionarse, le impide a Tayatzin que las narre.

—Tío, usted debe recuperar el imperio que su padre, mi abuelo, le heredó. No le tenga miedo a su hermano. Tezozómoc fue un gran estratega, mientras que Mashtla es un imbécil arrebatado, un hombre de temperamento violento, con ninguna de las astucias de su padre, pero con la capacidad infalible para hacerse de enemigos y perder aliados.

Tayatzin claudica en responder, tartamudea, se lleva las manos a la cara y deja escapar un par de lágrimas.

—¡No! —insiste el tlatoani—. ¡No se deje derrotar! ¡Luche!

Ni Chimalpopoca ni Tayatzin se han percatado de la presencia del enano Tlatólton, quien ya no aguanta el líquido en su vejiga. Su respiración jadeante amenaza con delatarlo. Está a punto de abandonar su misión para satisfacer las necesidades del cuerpo, pero es tal su temor de ser descubierto que no se atreve a asomar siquiera una pestaña. Y por si no fuera suficiente, un insecto comienza a taladrarle la espalda. Intenta quitárselo, pero su mano no logra rodear su cuerpecillo regordete. Aprieta los dientes y aguanta el atraco del bicho mientras escucha con atención, grabando en su memoria cada palabra, cada fecha, cada advertencia. No puede ni debe olvidar detalle alguno: la vida de su amo Mashtla se encuentra en peligro y en sus manos está evitarlo.

—Bien —Tayatzin se encuentra más tranquilo—. ¿Qué propones que haga?

—Comience la construcción de su palacio en el barrio de Atompan. Y cuando lo tenga listo, invite a Mashtla a un banquete. ¿Cuál es una de las costumbres más comunes al recibir a un tlatoani en un banquete?

—Ponerle un collar de flores.

—¡Exacto!

—Haremos un collar de flores con una soga gruesa y resistente, con la cual pueda ahorcar a Mashtla en el momento en el que se lo ponga.

—Es muy...

—¿Apresurado?

—No sé si sea la palabra que busco. Tal vez sea... No sé. No sé.

—Tiene que ser así. En el momento menos esperado. Mashtla llegará tranquilo, deseoso de conocer el palacio. Tal vez con hambre. Quizá con ganas de irse inmediatamente. No lo sabemos. Por ello debe actuar de inmediato. En un lugar donde no haya demasiados guardias.

—Cierto. Irá con sus guardias.

—¿Cuántos guardias llevaría? ¿Cuatro? ¿Diez a lo mucho? Se van a quedar afuera. Además, es dentro de Azcapotzalco, donde Mashtla se siente seguro.

—Bien. Así lo haré. Muchas gracias por tus consejos, sobrino.

—Muchas gracias a usted por confiar en mí.

En cuanto la conversación llega a su fin y abandonan el recinto, el enano Tlatólton sale del palacio sin que nadie advierta su presencia; no obstante, prefiere no arriesgarse al salir por las calles principales y se encamina al lago por la parte más solitaria de la ciudad isla, Meshíco Tenochtítlan, atravesando matorrales y áspera hierba que le barren el pecho. Al saber que nadie lo observa, se detiene, orina, exhala lentamente, dispara las pupilas al cielo y en su rostro dibuja un gesto de placer. Liberado de aquel tormento continúa su camino. Sus pasos apresurados hacen crujir las ramas y hojas secas. Sus manos regordetas arrancan la maleza que le obstaculiza el camino. Para su suerte, lo que a muchos les impide el paso para él sólo representa un ligero roce en la cabeza. Poco antes de llegar a la orilla del lago, pisa otras ramas secas que lo delatan. Alguien nota su presencia. El enano se agacha un poco y engaña a quien lo busca con la mirada.

Espera unos minutos. En el momento adecuado, camina sigiloso a su canoa y cruza el lago de Teshcuco rumbo a la ciudad de Azcapotzalco. Al llegar a la orilla, ata su canoa a uno de los troncos que se utilizan como ancladeros y sigue rumbo al palacio, cuya entrada está resguardada por los mal encarados soldados de la corte. Pese a que el enano es bien conocido por todos, se le impide el ingreso.

—Ya es tarde —dice uno de los soldados apuntando con su lanza—. El tecutli ya está descansando.

—Traigo noticias importantes para mi amo —la voz del enano es tan aguda que casi nadie lo toma en serio.

Los soldados se miran con sonrisas entre sí.

—¿Qué noticias? —pregunta uno de ellos exagerando el tono grave de su voz.

—¡Eso a ti no te importa! —grita el enano enfurecido—. ¡Si no le avisas en este momento a mi amo que le traigo noticias, te aseguro que mañana él mismo ordenará tu muerte!

Aunque la voz del enano le causa risa, el tono en que se dirige a él es suficiente para intimidarlo. Tanto, que le da la espalda y entra en el palacio con antorcha en mano.

Al llegar a la habitación del gran chichimecatecutli, el soldado se detiene en la entrada frente a una cortina de algodón. Baja la mirada y solicita permiso para entrar.

—¡Ordené que no me interrumpieran! —grita Mashtla.

—El enano Tlatólton insiste en verlo —responde el soldado.

Hay un silencio por algunos segundos.

—¡Dile que pase!

El soldado regresa a la entrada principal, donde se encuentra Tlatólton.

—Puedes entrar —dice tragándose la rabieta que le provoca el hecho de que el tecutli reciba al enano a esas horas.

Tlatólton levanta la cara, sonríe, le empuja la pierna al soldado con desdeño y camina al interior del palacio. Los vigías observan sus brazos y piernas regordetas que se mueven en un vaivén. No logran comprender el afecto del tecutli hacia él, pues por costumbre los enanos son considerados gente inútil y entregados en sacrificio a los dioses.

Tiempo atrás, el enano iba a ser sacrificado, pero se las ingenió para llegar ante Mashtla, entonces señor de Coyohuácan. Lo hizo de la forma más inusual: se infiltró en el palacio hasta llegar a la alcoba del tecutli, y esperó a que él llegara para sorprenderlo. Y lo consiguió. Mashtla lo miró por unos instantes, se agachó hasta que ambos rostros quedaran al mismo nivel, sonrió y levantó al enano del cuello con una sola mano.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó, afilando los dientes.

—Vine a verlo, mi amo —Tlatólton se colgó de lo que para él eran las gigantescas manos de Mashtla.

—¿Qué quieres? —alzó el pómulo derecho.

—Ofrecerle mi vida —dijo, haciendo palanca con sus pequeñas manos sobre las del tecutli de Coyohuácan.

—¿Y a mí para qué me sirve tu vida? ¡Eres un enano!

—A eso vine —pataleaba ligeramente como si con aquellos movimientos lograse subir un par de centímetros—: a demostrarle que no soy inútil. Puedo servirle de espía.

—¿Tú? —respondió Mashtla, mientras le apretaba con más fuerza el cuello.

El enano comenzó a asfixiarse.

—¿Có... —jaló aire con dificultad— mo... entré... —se colgó fuertemente de las manos de Mashtla— a... quí...?

Mashtla guardó silencio por un instante y se preguntó lo mismo. ¿Cómo había entrado en su palacio? ¿De qué servía toda su guardia? Sonrió y soltó al enano, quien cayó de nalgas en el piso. Tlatólton tosió al mismo tiempo que se llevó las manos a la garganta para darse un ligero masaje. Al incorporarse descubrió que Mashtla era mucho más alto que la mayoría. Su espalda ancha y su cara parecían aún más enormes desde su perspectiva.

—¿Cómo entraste aquí?

El enano tragó saliva, carraspeó y respondió:

—Ésa es mi virtud. Entré aquí para demostrarle que no soy una persona inútil. Dentro de poco seré sacrificado, pero si usted, mi amo, ordena lo contrario yo podría servirle de espía. Puedo entrar en cualquier lugar sin que nadie me vea; incluso en el palacio de su padre Tezozómoc.

—Demuéstramelo —respondió Mashtla y se quitó el penacho—. Quiero que mañana entres en la habitación de mi padre y me digas exactamente lo que ocurra. Y si descubro que me has mentido, yo mismo te mataré.

Tlatólton cumplió las órdenes del señor de Coyohuácan, logrando así salvar su vida. A partir de entonces se convirtió en su espía más eficiente. Mashtla nunca se preguntó cómo lograba el enano introducirse en los palacios del valle, que eran los lugares más protegidos. Fue informado sobre todos los sucesos hasta el día de la muerte de Tezozómoc, lo que le sirvió para saber quiénes estarían en su partido y quiénes lo traicionarían.

Luego de haber sido jurado como gran chichimecatecutli, Mashtla le ordenó a Tlatólton que espiara a su hermano Tayatzin y al tlatoani Chimalpopoca.

—Espero que traigas buenas noticias —dice Mashtla al recibir al enano.

—No, mi amo, no son buenas —responde el enano y sus ojos se desorbitan al ver a las tres mujeres que se levantan desnudas del petate de Mashtla para retirarse a otra alcoba.

—¡Habla! —exige Mashtla en tono autoritario.

—Su hermano ha estado asistiendo al palacio de Chimalpopoca.

—Eso ya lo sé. Dime lo que escuchaste.

—Quieren asesinarlo.

—¿Cómo? —Mashtla se cubre con una manta de la cintura para abajo y se pone de pie.

Tlatólton comienza a narrarle todo lo que escuchó. Mashtla sonríe, camina hacia el enano y baja la cabeza para preguntarle:

—¿Qué es precisamente lo que pretenden hacer?

—Invitarlo a la inauguración de su palacio en el barrio de Atompan. Entonces, en cuanto usted entre en una de las habitaciones más retiradas, su hermano tendrá listo un collar de flores para ponérselo como obsequio y ahorcarlo. Chimalpopoca se ofreció a fabricarlo y a darle gente que trabaje en la obra del palacio, y puedan concluir con mayor brevedad.

—Que sea entonces de esa manera —dice el tecutli—. Ya te puedes retirar.

El enano no cabe en su asombro.

A la mañana siguiente Tayatzin se presenta ante su hermano Mashtla y confirma lo dicho por el enano Tlatólton.

—Hermano, quiero solicitar tu permiso para construir un palacio en el barrio de Atompan —Tayatzin se encuentra sumamente nervioso.

Mashtla agacha la cabeza, se rasca la frente con el dedo índice y replica:

—Querido hermano —hace una mueca con el pómulo izquierdo, característica en él—, si tu deseo es construir un palacio —se pone de pie y agrega—: no tienes por qué pedirme permiso. Daré la orden para que se te proporcionen los obreros necesarios. No. Enviaré el triple de trabajadores. Así la construcción de este palacio se llevará a cabo con mayor brevedad.

Tayatzin se sorprende al escuchar la respuesta de Mashtla, quien no escatima en sonrisas.

 


*1

Macehuali, plebeyo.

*2

Calpuli, barrio.

5

El anciano Huitzilihuitzin camina lento en el bosque. Analiza las plantas que encuentra a su paso. Las reconoce a simple vista. Sabe cuáles son tóxicas, inofensivas o medicinales. Si encuentra algunas curativas, las guarda en un morral, aunque no las necesite en el momento. En la cima de un árbol, muy cerca de ahí, se encuentra el príncipe Nezahualcóyotl contemplando el horizonte. Tiene años haciendo lo mismo. Para él, los árboles representan protección. El único lugar donde se siente a salvo. También simbolizan el dolor que sufrió al ver, desde la copa de un árbol, la muerte de su padre Ishtlilshóchitl. Después de aquel trágico suceso, el príncipe solía pasar largas horas en aquellas cúspides. Con el tiempo, esa rutina se redujo a un hábito ocasional. Ahora, lo hace sólo cuando acompaña a su mentor al bosque. Escala el árbol más alto, observa el Anáhuac por unos minutos y luego baja.

—Hoy estuviste muy poco tiempo allá arriba —dice Huitzilihuitzin mientras arranca un par de hojas.

—No quiero dejarlo solo mucho tiempo —dirige la mirada a varias direcciones.

—No te preocupes por mí —continúa analizando plantas.

—Son tiempos muy complicados —camina junto a su mentor.

—Cierto, pero a este anciano nadie quiere hacerle daño —arranca unas hojas y las guarda en su morral.

—Pero podrían hacerle algo para lastimarme a mí. Mashtla es peor que su padre.

—En eso tienes razón. Por eso debes hacerte a la idea de que algún día podrían matarme o llevarme preso ante Mashtla y tú deberás estar preparado para mantenerte fuerte. No dejarás que me utilicen para atraparte. Si me matan, no derramarás una lágrima. Ni una sola. Si lo haces, sabrán que te hicieron daño. No olvides que hay espías por todas partes.

Ambos guardan silencio por varios minutos mientras caminan en el bosque con pasos lentos.

—Siento una gran impotencia —frunce el ceño y aprieta los labios—. Quisiera matarlo.

—No dejes que el deseo de venganza se apodere de ti.

—No puedo evitar sentirme así. Es algo que me acompaña todos los días.

—El odio es un mal consejero.

—Será mi consejero hasta que recupere el imperio chichimeca.

—O hasta que pierdas la vida.

—Por lo menos no moriré humillado.

—Morir en necedad es como morir en humillación.

—No es necedad —Nezahualcóyotl cierra los ojos y niega con la cabeza.

—Es una obsesión.

—¡No!

—No puedes dejar de pensar en eso —Huitzilihuitzin lo mira fijamente.

—¡Mataron a mi padre! —Nezahualcóyotl alza la voz con enfado.

—Muchos niños han perdido a sus padres en la guerra.

—Pero no son testigos... —los ojos del príncipe enrojecen.

El anciano se acerca al heredero del imperio chichimeca.

—Escúchame bien, Coyote ayunado. El odio y la venganza serán tu perdición.

—No —una lágrima recorre la mejilla de Nezahualcóyotl—. No voy a fracasar. Recuperaré el imperio y castigaré a los traidores.

—Te llenarás de odio y serás igual que Mashtla. O peor...

El Coyote sediento vuelve a caminar. El anciano Huitzilihuitzin se queda atrás, observando a su aprendiz.

—Mírate.

—¿Qué quiere que vea? —se detiene con una postura retadora.

—A ti.

—Ya —baja la mirada al mismo tiempo que extiende los brazos.

—Así no. Cierra los ojos. Respira profundo. Obsérvate a ti mismo. Imagina que eres otra persona. Un desconocido que examina a Nezahualcóyotl. Analiza su comportamiento. ¿Es ésa la actitud que quieres que vean en ti? ¿Es ése el príncipe chichimeca que recuperará el imperio? ¿Cuánto tiempo perdurará la gloria con este coyote? ¿Cuántos coyotes más existen que no conocemos aún? ¿Cómo sabemos que un día no vendrá uno más cruel que Mashtla? Sé que te encuentras hambriento y sediento. Pero no te alimentes de rabia y veneno. Recuperar el imperio chichimeca será tan sólo el principio de un largo recorrido. Si es que quieres mantenerlo toda tu vida. Si es que quieres ser un buen gobernante. Si llegaras a ser jurado gran chichimecatecutli, con todo ese odio acumulado, únicamente sembrarías y cosecharías rencores. Aprende de las virtudes de tu padre.

Entonces el príncipe chichimeca recuerda el momento preciso en que Ishtlilshóchitl, consciente de que esa mañana sería su última batalla, ordenó que le prepararan su traje de guerra. Toda su gente observó en silencio mientras él se anudaba los cordones de sus elegantes botas cubiertas de oro. Nezahualcóyotl —de apenas diecisés años— le ayudó a ponerse el atuendo real, una vestimenta emplumada y laminada en oro, unos brazaletes y una cadena de oro y piedras preciosas. Un hombre llegó con un penacho de enormes y bellísimas plumas. Ishtlilshóchitl lo recibió y se lo puso. Las plumas cayeron sobre su espalda. Pronto cinco hombres hicieron una fila pacientemente y esperaron a que Ishtlilshóchitl les diera la instrucción de avanzar hacia él. El primero en acercarse al gran chichimecatecutli se arrodilló para entregarle el arco. El segundo le llevó las flechas. De la misma manera le proporcionaron el macuahuitl, el escudo y las lancillas. Luego de acomodarse las armas a la espalda se dirigió a su gente.

—Hoy terminará la guerra —anunció—, ganemos o perdamos. El ejército tepaneca es mucho mayor que el nuestro y ya no puedo sacrificar más hombres. Si con mi vida ha de concluir esta guerra que no ha servido de nada, así le daré gusto a mi enemigo. Iré para cumplir con mi deber. Está en mi agüero que he de acabar mis días con el macuahuitl y el escudo en las manos.

Un largo y amargo silencio se apoderó del ambiente. No había forma de discutir. No había escapatoria. O salían a pelear o esperaban a que las tropas enemigas llegaran en cualquier momento y los asesinaran a todos.

La mañana todavía se encontraba oscura cuando el gran chichimecatecutli salió con su ejército, dejando a las mujeres, ancianos y críos en el pequeño palacio. Las aves comenzaron su canto madrugador. Al llegar al sitio en el cual aguardarían a los tepanecas, el tecutli chichimeca se detuvo sin decir palabra alguna. Sus fieles soldados permanecieron en silencio. El Coyote hambriento se encontraba a su lado. Ishtlilshóchitl dirigió la vista al cielo y recordó la mirada de su padre Techotlala. Pensó en los logros de sus antepasados: su abuelo Quinatzin, su bisabuelo Tlotzin, su tatarabuelo Nopaltzin y Shólotl, el fundador del señorío chichimeca. Suspiró, cerró los ojos y se dirigió a sus soldados:

—Leales vasallos, aliados y amigos míos, que con tanta fidelidad y amor me han acompañado hasta ahora: ha llegado el día de mi muerte, al cual no puedo escapar. Siguiendo a este paso no lograré otra cosa más que envolverlos a todos en mi desgracia. Nos falta gente y alimento. Mis enemigos vienen por mí. Y no vale la pena que, por quitarme la vida, la pierdan también ustedes. De esta manera he resuelto ir yo sólo a morir luchando. Muerto yo, la guerra se acaba. En cuanto esto ocurra, abandonen las fortificaciones y procuren esconderse en la sierra. Sólo les encargo que cuiden del príncipe, para que con su inocente muerte no se acaben las últimas reliquias que quedan de los ilustres tetecuhtin chichimecas, que yo espero recobre su imperio.

—Gran chichimecatecutli —dijo uno de los soldados—, yo lo acompañaré hasta el final. Y si tengo que dar mi vida para salvar la suya, con gran honor moriré en campaña. Como usted lo ha dicho muchas veces: sólo quien vive de placeres ordinarios puede temerle a la muerte.

El resto de la tropa dio un paso al frente, apretando fuertemente sus armas. Y justo en ese instante una parvada voló frente al sol que se asomaba en el horizonte y unos venados corrieron por el llano. El gran chichimecatecutli dirigió su mirada hacia aquella dirección y anunció con un grito la aproximación de las tropas enemigas. Los capitanes comenzaron a dar instrucciones a los soldados mientras Ishtlilshóchitl le habló a su hijo:

—Hijo mío, Coyote en ayunas, me cuesta mucho dejarte sin amparo, expuesto a la rabia de esas fieras hambrientas que han de cebarse en mi sangre, pero quizá con eso se apague su enojo. No te dejo otra herencia que el arco y la flecha.

Pero el joven Nezahualcóyotl respondió que iría a luchar junto a él.

—¡Tu vida corre peligro! —dijo Ishtlilshóchitl mirando rápidamente de atrás para adelante, como midiendo el tiempo que le quedaba disponible para hablar con su hijo por última vez—. ¡Tú eres el heredero del imperio chichimeca! —le puso las manos sobre los hombros—. De ti depende que sobreviva el imperio —y abrió mucho los ojos cuando a lo lejos se escuchó el silbido de los caracoles y los tambores enemigos.

Tum, tututum, tum, tum.

—¡Padre, permítame luchar contra el enemigo! —el príncipe chichimeca empuñaba las manos como si con ello demostrara su habilidad para la guerra—. Me he ejercitado en las armas.

—¡Guarda eso para el futuro! —le tocó la frente.

Tum, tututum, tum, tum.

Con lágrimas en los ojos, el príncipe Nezahualcóyotl le arrebató el macuahuitl a uno de los soldados.

—¿Ves ese árbol? —señaló con la mirada—. ¡Súbete ahí y escóndete! ¡Anda! ¡No te tardes!

El Coyote en ayunas frunció el entrecejo y levantó el macuahuitl. En ese momento, el capitán que había presenciado todo, sin esperar las órdenes del gran chichimecatecutli, le quitó al joven príncipe el arma y lo jaló del brazo. Hubo un forcejeo entre el capitán y el príncipe chichimeca. El capitán no quiso emplear mayor fuerza por respeto al joven heredero; entonces éste logró zafarse y volvió ante su padre, quien con una mirada ordenó al capitán que cumpliera con lo que había comenzado. Entonces corrió tras el joven chichimeca y, sujetándole ambos brazos, lo arrastró hasta el árbol a pesar de que éste pataleó desesperadamente; luego otro de los soldados tuvo que intervenir para subirlo. El Coyote ayunado lloró y gritó. En ese momento vio a lo lejos las tropas enemigas.

¡Tum, tututum, tum, tum!

—¡Te lo ordeno! ¡Sube a ese árbol! ¡Escóndete! ¡Salva tu vida! ¡Salva el imperio, hijo! ¡Salva a Teshcuco! —gritó Ishtlilshóchitl y marchó con su ejército.

Tras comprender que sería una estupidez salir a combatir sin flechas, escudo y macuahuitl, el joven príncipe obedeció: subió rápidamente al árbol y desde ahí observó todo.

¡Tum, tututum, tum, tum!