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Eupalinos o el arquitecto
El alma y la danza




Traducción de

José Luis Arántegui

Ant Machado Libros

www.machadolibros.com

Del mismo autor
en La balsa de la Medusa:


4. Escritos sobre Leonardo da Vinci

18. La idea fija

39. Teoría poética y estética

62. Estudios filosóficos

64. Escritos literarios

98. Monsieur Teste

100. Piezas sobre arte

134. Mi Fausto. Diálogo del árbol

Paul Valéry

Eupalinos o el arquitecto

El alma y la danza

La balsa de la Medusa

La balsa de la Medusa, 110


Colección dirigida por

Valeriano Bozal

Títulos originales: Eupalinos ou l'architecte / l'Ame et la danse

© Editions Gallimard, París, 1924

© de la traducción, Carmen Santos

© de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L.

C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino

28660 Boadilla del Monte (Madrid)
editorial@machadolibros.com


ISBN: 978-84-9114-285-0

Índice

Eupalinos o el arquitecto

El alma y la danza

Nota editorial






Προς χαριν

Eupalinos o el arquitecto






FEDRO.–¿Qué haces ahí, Sócrates? Hace tiempo que te busco. Me he recorrido enteras estas pálidas moradas nuestras, y he ido preguntando por ti en todas partes. Aquí te conocen todos, y nadie te había visto. ¿Por qué te has apartado de las demás sombras, y qué pensamiento es ese que reúne tu alma, lejos de las nuestras, en las fronteras de este imperio transparente?


SÓCRATES.–Aguarda. No puedo responder. De sobra sabes que en los muertos la reflexión es indivisible. Estamos ya demasiado simplificados para no padecer hasta el fin el movimiento de una idea. Los vivos tienen un cuerpo que les permite salir del conocimiento y volver a entrar. Ellos están hechos de una casa y una abeja.


FED.–Prodigioso Sócrates, me callo.


SÓC.–Te doy las gracias por ese silencio. Al guardarlo has hecho a los dioses y a mi pensamiento el más duro de los sacrificios. Has consumido tu curiosidad, e inmolado a mi alma tu impaciencia. Habla ahora libremente, y si algún deseo te queda aún de interrogarme, estoy pronto a responderte, una vez que he terminado de preguntarme y contestarme. Pero raro será que una pregunta reprimida no se haya devorado al punto a sí misma.


FED.–Y bien, ¿por qué este exilio? ¿Qué haces apartado de todos nosotros? Alcibíades, Zenón, Menexeno, Lisis, todos nuestros amigos se extrañan de no verte. Hablan sin objeto, y sus sombras son un puro zumbido.


SÓC.–Mira y escucha.


FED.–No oigo nada. Ni veo gran cosa.


SÓC.–Igual es que no estás lo bastante muerto. Aquí están los límites de nuestros dominios. Y delante de ti corre un río.


FED.–¡Ay! ¡Pobre Iliso!


SÓC.–Este es el río del tiempo. Solo almas arroja en esta orilla; pero todo lo demás lo arrastra sin esfuerzo.


FED.–Empiezo a ver algo. Pero no distingo nada. Todo esto que pasa y corre a la deriva, lo sigue mi vista un momento y lo pierde sin llegar a divisarlo..., si no estuviera muerto, náuseas me daría ese movimiento, de tan triste que es, e irresistible. O acaso me viera arrastrado a imitarlo, al modo de los cuerpos humanos, y me quedara dormido por transcurrir yo también.


SÓC.–Sin embargo, ese enorme caudal se compone de todas las cosas que has conocido, o que habrías podido conocer. Ese lienzo inmenso y ondulante que se precipita sin tregua arrastra en su rodar a la nada todos los colores. Mira en conjunto, qué mortecino.


FED.–A cada instante me parece que voy a discernir una forma, mas lo que creo haber visto nunca llega a evocar la menor semejanza en mi espíritu.


SÓC.–Es que estás asistiendo al verdadero discurso de los seres, tú, inmóvil en la muerte. Desde esta orilla, tan pura, vemos todas las cosas humanas y las formas naturales moverse conforme a la verdadera velocidad de su esencia. Somos como el soñador en cuyo seno, singularmente alterados en su fuga pensamientos y figuras, los seres se componen con sus mudanzas. También aquí todo es prescindible y no obstante todo cuenta. Los crímenes engendran inmensos beneficios, y las virtudes más grandes se despliegan en consecuencias funestas: el juicio no se ancla en parte alguna, delante de la vista se vuelve la idea sensación, y cada hombre arrastra una cadena de monstruos en que se trenzan inextricables sus actos y las formas sucesivas de su cuerpo. Pienso en la presencia y los hábitos de los mortales en ese curso tan fluido, y en que yo fui uno de ellos, tratando de ver las cosas precisamente como las veo ahora. Yo ponía la Sabiduría en la posición eterna en que nos hallamos. Pero desde aquí todo está desconocido. La verdad está ante nosotros, y ya no entendemos nada.


FED.–Pero ¿de dónde, oh Sócrates, puede venir entonces ese gusto por lo eterno que en ocasiones se advierte entre los vivos? Tú perseguías el conocimiento. Los más groseros tratan desesperadamente de preservar aun los cadáveres de los muertos. Otros construyen templos y tumbas que se esfuerzan por hacer indestructibles. Los más sabios y mejor inspirados de los hombres quieren dar a sus pensamientos una armonía y una cadencia que los defiendan de las alteraciones y el olvido.


SÓC.–¡Locura!, ¡oh, Fedro!, claramente puedes verlo. Mas los hados han dispuesto que entre las cosas indispensables a la raza de los hombres figuren necesariamente unos cuantos deseos insensatos. Sin el amor no habría hombres. Ni existiría la ciencia sin absurdas ambiciones. ¿Y de dónde te piensas que hemos sacado la idea primera y la energía para esos inmensos esfuerzos que han alzado tantas ciudades ilustres e inútiles monumentos, los mismos que admira una razón que hubiese sido incapaz de concebirlos?


FED.–Mas la razón no obstante hubo de tener alguna parte. Sin ella todo se vendría abajo.


SÓC.–Todo.


FED.–¿Te acuerdas de las construcciones que vimos alzar en el Pireo?


SÓC.–Sí.


FED.–¿De esos ingenios, de esos esfuerzos, de esas flautas que con su música los atemperaban?; ¿de esas operaciones tan exactas, de esos progresos a un tiempo tan misteriosos y claros? ¡Qué confusión, al principio, que luego pareció fundirse en orden! ¡Qué solidez, qué rigor nació entre los hilos de las plomadas, a lo largo de esos frágiles cordeles tendidos para quedar a ras de las crecidas hiladas de ladrillos!


SÓC.–Guardo ese bello recuerdo. ¡Oh, materiales! ¡Oh, piedras hermosas...! ¡Oh, cómo nos hemos vuelto leves en demasía!


FED.–¿Y de aquel templo extramuros, junto al altar de Bóreas, te acuerdas?


SÓC.–¿El de Artemisa Cazadora?


FED.–Ese mismo. Un día anduvimos por allí. Estuvimos discurriendo acerca de la Belleza...


SÓC.–¡Ay...!


FED.–Yo tenía lazos de amistad con el que construyó ese templo. Era de Megara y se llamaba Eupalinos. De buen grado me hablaba de su arte, de todos los cuidados y conocimientos que requiere; hacía que yo entendiera todo cuanto a su lado iba viendo por la obra. Y sobre todo, veía su asombroso ingenio. Hallaba en él los poderes de Orfeo. Les predecía su destino monumental a los montones informes de piedras y vigas que yacían a nuestro alrededor, y a una voz suya, esos materiales parecían destinados al puesto singular que les hubieran asignado los hados favorables a la diosa. ¡Y qué maravilla sus discursos a los obreros! No guardaban ni rastro de sus difíciles meditaciones de la noche. Solo les daba órdenes y números.


SÓC.–A la manera misma de Dios.


FED.–Los discursos de uno y los actos de los otros se ajustaban tan felizmente que se hubiera dicho de aquellos hombres que eran solo miembros suyos. No me creerías, oh, Sócrates, si te dijese qué gozo era para mi alma conocer cosa tan bien regulada. Ahora ya no separo la idea de un templo de la idea de su construcción. Cuando veo uno, veo una acción admirable, más gloriosa que una victoria y más contraria a la mísera naturaleza. Destruir y construir son de pareja importancia, y hacen falta almas para lo uno y para lo otro; pero construir es más grato a mi espíritu. ¡Oh, afortunado Eupalinos!


SÓC.–¡Qué entusiasmo de una sombra por un fantasma! –No he conocido yo a ese Eupalinos. ¿Así que era un gran hombre? Veo que se elevaba al supremo conocimiento de su arte. ¿Está por aquí?


FED.–Sin duda se encuentra entre nosotros; pero aún no me lo he tropezado en estas comarcas.


SÓC.–No sé qué podría construir aquí. Aquí, aun los proyectos son recuerdos. Pero reducidos como estamos a los solos placeres de la conversación, me gustaría mucho escucharle.


FED.–He retenido algunos de sus preceptos. No sé si te complacerían; a mí me encantan.


SÓC.–¿Puedes repetirme alguno?


FED.–Oye pues. Muy a menudo decía esto: en la ejecución no hay detalles.


SÓC.–Entiendo y no entiendo. Entiendo algo, y no estoy seguro del todo de que sea lo mismo que él quería decir.


FED.–Y yo tengo la certeza de que tu espíritu sutil no habrá dejado de captarlo con acierto. En un alma tan clara y completa como la tuya, es forzoso que una máxima práctica de otro cobre fuerza y amplitud totalmente nuevas. Si tiene verdadera precisión, y está sacada directamente del trabajo por un acto breve del espíritu que resume su experiencia sin darse tiempo a divagar, entonces es materia preciosa para el filósofo; ¡es un lingote de oro en bruto lo que te hago llegar, orfebre!


SÓC.–¡Orfebre fui, de mis cadenas!... Pero veamos detenidamente ese precepto. La eternidad de este lugar invita a no ser parcos en palabras. Con esta duración infinita ha de ocurrir una de dos, que no sea, o que contenga todos los discursos posibles, así los verdaderos como los falsos. De manera que puedo hablar sin miedo a engañarme, pues si me engaño ahora, enseguida diré verdad, y si digo verdad, erraré luego.

Tú, ¡oh, Fedro!, no habrás dejado de advertir en los discursos más importantes, ya se trate de política o de intereses particulares de los ciudadanos, o aun de las delicadas palabras que se deben decir a un amante, siempre en fin que las circunstancias son decisivas – seguro que has advertido qué peso y qué alcance cobran las palabras más pequeñas, los menores silencios que se intercalen–. Y yo, que he hablado tanto con el afán insaciable de convencer, me he convencido, a la larga, de que los más graves argumentos y las demostraciones mejor llevadas tienen bien poco efecto sin el concurso de esos detalles en apariencia insignificantes, y por contra, mediocres razones convenientemente sostenidas por palabras llenas de tacto, o doradas como coronas, seducen por mucho tiempo a las orejas. Esas correveidiles están plantadas en las mismas puertas del espíritu. Le transmiten lo que les place, se lo repiten como les place, y acaban por hacerle creer que está escuchando su propia voz. Después de todo, lo real de un discurso es esa cantinela y ese colorido de una voz que erróneamente tratamos como detalles y accidentes.


FED.–¡Das un rodeo inmenso, querido Sócrates, pero ya te veo venir desde tan lejos con otros mil ejemplos, y con todas tus fuerzas dialécticas desplegadas!


SÓC.–Considera asimismo la medicina. Que el más hábil cirujano del mundo ponga sus habilidosos dedos en tu herida: que por más ágiles, por muy sabias y clarividentes que sean sus manos; por más seguro que esté de la situación de órganos y venas, de sus relaciones y profundidades, y sea igualmente la que fuere su seguridad acerca de lo que se propone realizar en tu carne, de qué cortar y qué zurcir, como resulte por cualquier circunstancia de la que no se haya preocupado que un hilo, una aguja que emplee o cualquier nadería que le sea útil en su operación no esté perfectamente pura, o lo bastante purificada, te mata. Y eres hombre muerto...


FED.–¡Eso está hecho, por suerte! Es precisamente lo que me pasó.


SÓC.–Y eres hombre muerto, digo, un muerto curado conforme a todas las reglas; pues satisfechas todas las exigencias del arte y la ocasión, el pensamiento contempla su obra con amor. Pero tú estás muerto. Una hebra de seda mal preparada ha hecho al saber asesino; el menor de los detalles ha hecho fracasar la obra de Esculapio y Atenea.


FED.–Bien lo sabía Eupalinos.


SÓC.–Así ocurre en todos los órdenes, a excepción del de los filósofos, cuya desdicha mayor es que nunca ven desplomarse los universos que imaginan, puesto que a fin de cuentas no existen.


FED.–Eupalinos daba la talla de sus preceptos. No descuidaba nada. Ordenaba cortar tablillas al hilo de la veta a fin de que, interpuestas entre las vigas y la obra de albañilería en que cargaban, impidiesen a la humedad ascender por la fibra y, al embeberse en ellas, pudrirlas. Prestaba atenciones parecidas a todos los puntos sensibles del edificio. Se hubiera dicho que se trataba de su propio cuerpo. Durante el trabajo de construcción apenas salía de la obra. Estoy seguro de que se conocía todas las piedras. Velaba por la precisión del corte; estudiaba minuciosamente cuantos medios se han imaginado para evitar que las aristas se descantillen y se altere la limpieza de las junturas. Ordenaba practicar cinceladuras, reservar burletes, biselar el mármol de los paramentos. Le dedicaba los cuidados más exquisitos a los enlucidos que hacía dar a muros de simple piedra.

Pero todas esas delicadezas con miras a la duración del edificio eran poca cosa comparadas con las que gastaba en elaborar las emociones y vibraciones del alma de los futuros contempladores de su obra.

Preparaba para la luz un instrumento incomparable que la difundiera, afectando formas inteligibles y propiedades casi musicales, por el espacio en que los mortales se mueven. A semejanza de esos oradores y poetas en quienes pensabas hace un momento, también él, oh, Sócrates, conocía la misteriosa virtud de las modulaciones imperceptibles. Ante una masa aligerada con delicadeza y en apariencia tan simple, ninguno se percataba de estar siendo conducido a una especie de beatitud por curvaturas insensibles, por inflexiones ínfimas y todopoderosas, y por las profundas combinaciones de regular e irregular que había introducido y disimulado, y vuelto casi tan imperiosas como indefinibles. Ellas hacían pasar al espectador en movimiento, dócil a su invisible presencia, de visión en visión, y de vastos silencios a murmullos de placer a medida que avanzaba, retrocedía, se volvía a aproximar, y vagaba por el ámbito de influencia de la obra movido por ella, juguete de la sola admiración. Es preciso –decía este hombre de Megara– que mi templo mueva a los hombres como les mueve el objeto amado.


SÓC.–Eso es divino. Yo también he oído, querido Fedro, palabras en todo semejantes y en todo opuestas. Un amigo nuestro, a quien de nada sirve nombrar, decía de nuestro Alcibíades y de su cuerpo tan logrado que, al verle, uno sentía que se volvía arquitecto... ¡Cómo te compadezco, querido Fedro! Aquí eres tú mucho más desventurado que yo. Yo solo amaba la Verdad; le di mi vida; así que en estos prados elíseos, aunque aún tenga mis dudas de no haber hecho un negocio francamente malo, todavía me puedo imaginar que me queda algo por conocer. De buena gana busco entre las sombras la sombra de una verdad. Pero tú, en quien solo la Belleza formó deseos y gobernó actos, tú te ves aquí despojado de todo. Los cuerpos son recuerdos, los rostros son de humo, y esta luz, tan igual por todas partes, tan débil, tan nauseabunda de tan mortecina, y esta indiferencia general a la que alumbra, o más bien impregna, sin dibujar en ella exactamente nada; estos corros medio transparentes que formamos con nuestros fantasmas, estas voces apagadas que nos quedan apenas, que se dirían cuchicheadas en espesura de lana o indolencia de bruma... ¡Tú sí que debes de sufrir, Fedro querido! Pero tampoco lo bastante, ni siquiera en eso... Que aun sufrir se nos veda, por ser vivir.


FED.–A cada instante creo estar a punto de sufrir..., pero no me hables, te lo ruego, de lo que he perdido. ¡Deja a mi memoria consigo! ¡Déjale su sol y sus estatuas! ¡Oh, qué contrastes me embargan! Acaso para los recuerdos haya una especie de muerte segunda que aún no he sufrido. ¡Pero yo aún revivo y vuelvo a ver los cielos efímeros! ¡Y nada de lo más hermoso figura entre lo eterno!


SÓC.–¿Y tú, entonces, dónde lo pones?


FED.–Nada hermoso es separable de la vida, y la vida es lo que muere.


SÓC.–Se puede decir eso, claro... Pero la mayoría tiene no sé qué idea inmortal de la Belleza.


FED.–Yo te diría, Sócrates, que la Belleza, según el Fedro que fui...


SÓC.–¿No anda Platón por estos parajes?


FED.–Contra él estoy hablando.


SÓC.–¡Está bien, habla!


FED.–... que no reside en algunos raros objetos, ni siquiera en esos modelos situados fuera de la naturaleza que las almas más nobles contemplan como ejemplos para sus figuras y arquetipos secretos de sus trabajos, como cosas sagradas de las que convendría hablar con las palabras del poeta:

¡Gloria del largo deseo, Ideas!


SÓC.–¿De qué poeta?


FED.–El admirable Estéfanos, que apareció tantos siglos después de nosotros. Pero me da la sensación de que la idea de esas Ideas, de las que es padre nuestro portentoso Platón, es de una simplicidad infinitamente excesiva, y algo así como demasiado pura para explicar la diversidad de Bellezas, el cambio de preferencias de los hombres, la desaparición de tantas obras a las que se había puesto por las nubes, las creaciones completamente nuevas o las resurrecciones imposibles de prever. ¡Y aún hay muchas otras objeciones!


SÓC.–Pero ¿y tu propia idea, cuál es?


FED.–Ya ni sé cómo captarla. Nada la contiene; todo la supone. Está en mí como yo mismo; actúa, infalible; juzga, desea..., pero en cuanto a expresarla, me resulta tan difícil como decir lo que me hace yo, eso que conozco con tanta precisión y tan poco.


SÓC.–Sin embargo, querido Fedro, ya que los dioses permiten que nuestras conversaciones prosigan en estos infiernos, donde no se nos ha olvidado nada, donde algo hemos aprendido, donde nos hallamos más allá de cuanto es humano, ahora sí debemos saber qué es verdaderamente bello, y qué feo; qué conviene al hombre, y qué debe maravillarle sin confundirle, poseerle sin embrutecerle...


FED.–Aquello que le pone sin esfuerzo por encima de su naturaleza.


SÓC.– ¿Sin esfuerzo? ¿Por encima de su naturaleza?


FED.–Sí.


SÓC.–¿Sin esfuerzo? ¿Cómo es posible? ¿Y por encima de su naturaleza? ¿Qué quiere decir eso? Sin poderlo evitar pienso en un hombre que quisiera trepar a sus propios hombros. Repelido por esa imagen absurda te pregunto, Fedro, ¿cómo dejar de ser uno mismo?; ¿y luego, volver a su ser? ¿Y cómo puede tal cosa ocurrir sin violencia?